Xi’an: los guerreros de terracota y cuatro horas para llegar a ellos
Lluvia torrencial, un hotel escondido, fideos gigantes y una odisea de transporte que casi me deja sin ver a los guerreros de terracota. Xi’an tenía muchas cosas que ofrecer; lo de llegar a su gran atractivo fue otro cantar.
Xi’an era una de las paradas que más ganas tenía de hacer durante mi viaje por China. Aquí arranca históricamente la Ruta de la Seda, están los famosos guerreros de terracota y, además, tenía ganas de ponerme las botas con la comida local. Sobre el papel, dos días daban para ver bastante. En la práctica, acabé dedicando casi más tiempo a llegar a uno de los sitios que a visitarlo.
Mi paso por Xi’an tuvo de todo: una lluvia de las que te dejan los zapatos para tirar, un hotel imposible de encontrar, fideos como para alimentar a una familia y una excursión que se convirtió en una auténtica odisea. Eso sí, los guerreros de terracota no me los iba a perder. Aunque estuve cerca.
Llegar a Xi’an y sobrevivir a la primera tarde
Después de unos días en Pekín, tocaba cambiar de ciudad. Desayuno en el 7-Eleven, metro, escáner de seguridad y rumbo a la estación. Ya empezaba a conocer la rutina.
Esta vez viajaba en tren de alta velocidad. El billete me había costado unos 80 euros y el trayecto duró alrededor de cuatro horas. Cuando miré el mapa antes de viajar, Xi’an no me parecía tan lejos de Pekín; luego descubrí que entre ambas hay aproximadamente 1.100 kilómetros. Vamos, que el mapa me había engañado un poquito.
Como era mi primer tren en China, fui con tiempo de sobra. La estación era enorme, así que prefería esperar un rato antes que andar corriendo como un pollo sin cabeza. Compré unos fideos para comer y me senté en mi plaza de segunda clase, junto a la ventana.
Intenté editar algo de vídeo durante el trayecto, aunque al final me entretuve más mirando el paisaje. Me llamaron mucho la atención los bloques gigantes de viviendas que aparecían de repente: edificios de quince, veinte plantas o más, a veces agrupados en cantidades enormes. Luego llegaban zonas verdes, pueblos y campos, y más adelante otra vez edificios. Viendo aquello, me preguntaba dónde vive toda la población de China. Desde el tren te haces una idea de la escala de las ciudades y de la cantidad de gente que vive en ellas.
Bienvenido a Xi’an: aquí también llueve
Llegué por la tarde; no recuerdo si eran las cuatro o las cinco. Lo que sí recuerdo perfectamente es la lluvia. Estaba cayendo una buena tromba de agua y me quedé unos veinte minutos cerca de la salida del metro esperando a que parase. No paró, así que al final me cansé y salí a la calle.
Error.
El agua corría por las calles como si fueran pequeños ríos y había zonas en las que resultaba casi imposible caminar sin empaparte los pies. No sé si era un problema de drenaje de aquella zona o si había caído demasiada agua de golpe, pero el caso es que acabé con los zapatos calados. Y no se secaron precisamente rápido: todavía me darían guerra durante un par de días.
Y, por si eso fuera poco, encontrar el hotel tampoco iba a ser coser y cantar.
Encontrar el hotel: misión imposible
Había reservado todos los hoteles de China por Booking, pero me encontré con un problema que se repetiría durante el viaje: el nombre de la reserva no siempre coincidía con el que aparecía en la calle. A veces ni siquiera había un letrero claro. Y meter en AMap la dirección de Booking tampoco garantizaba que te llevase a la puerta.
Así que allí estaba yo, arriba y abajo por una calle, intentando encontrar un hotel que supuestamente estaba a pocos metros. Tenía hasta el número del portal, pero los números que veía no me cuadraban con nada.
Al final paré a un chico que estaba en una tienda y le pregunté. Me dijo que sí, que estaba allí al lado. Y entonces empezó una escena bastante cómica: el hotel estaba en la misma acera, cuatro o cinco negocios más adelante, y el chico se quedó en la puerta guiándome a distancia.
Yo avanzaba unos metros, me paraba y lo miraba. Él me hacía señas para que siguiera. Avanzaba un poco más y volvía a mirarlo.
—Un poco más, un poco más.
Hasta que llegué al sitio correcto y me hizo el gesto de OK. ¡Por fin!
El problema era que la planta baja parecía una tienda y la recepción del hotel era prácticamente un mostrador integrado en el local. Desde fuera era dificilísimo saber que aquello era un alojamiento. Hice el check-in, dejé las maletas y pensé: vale, ahora sí, vamos a disfrutar un poco de Xi’an.
Primera cena: fideos gigantes y hamburguesa china
Como llevaba el día un poco desordenado con la comida, decidí empezar por la gastronomía local. Vi un sitio que tenía dos de los platos típicos de la ciudad y me senté sin darle muchas vueltas.
Pedí una hamburguesa china y un enorme recipiente de biangbiang mian, unos fideos anchos y contundentes, normalmente con salsa e ingredientes que les dan un toque picante.
Lo de los fideos era tremendo. Aquello no era un plato, era casi un pozal. Después del tren, la lluvia y la búsqueda del hotel, me vino de maravilla.
Con el estómago lleno, seguí calle abajo hasta la Torre del Tambor, uno de los lugares más conocidos de Xi’an. Después me metí por primera vez en el barrio musulmán, una zona con un montón de calles comerciales, puestos de comida y tiendas. Me gustó mucho el ambiente y aproveché para comprar algunos recuerdos: los guerreros de terracota en miniatura, mis habituales vasos de chupito e imanes, y una bolsa de tela para mi madre, que las colecciona.
Después de dar una vuelta, volví al hotel y a dormir. Porque el día siguiente venía cargadito.
La muralla de Xi’an y una grabación que se me atragantó
A la mañana siguiente tenía trabajo: grabar el vídeo sobre la Ruta de la Seda para mi canal principal. Xi’an está históricamente vinculada al inicio de esta red de rutas comerciales que conectaba China con Asia Central y otras regiones.
Desayuné y fui a grabar la introducción junto a una de las puertas principales de la muralla. Después recorrí el parque que la rodea para grabar otras partes del vídeo. Por el camino vi a personas mayores haciendo estiramientos con una flexibilidad que ya me gustaría tener a mí, y a grupos de mujeres bailando al ritmo de la música. Son esas escenas cotidianas que te encuentras viajando y que también tienen su gracia.
La grabación, eso sí, se me hizo cuesta arriba. No sé por qué, pero aquel día no terminaba de sentirme cómodo delante de la cámara. Algunas partes me costaron un montón de tomas y hubo un momento en que me frustré bastante. Hay días en los que grabas todo a la primera y otros en los que una frase sencillísima se te atraviesa como si estuvieras intentando recitar la Constitución. Aquel fue de los segundos.
Pero bueno, después de toda la mañana conseguí terminar el vídeo. Mi siguiente objetivo eran los guerreros de terracota. Recogí las cosas y me puse en marcha, pensando que llegar sería relativamente fácil.
Ja. Ya me habría gustado.
Cuatro horas para llegar a los guerreros de terracota
Había leído en varios sitios que bastaba con ir a la estación de Xi’an y coger un autobús barato hasta los guerreros. Yo entendí que era cuestión de llegar, encontrar la parada y listo. Lo que no había visto explicado era que hay dos estaciones principales y que yo estaba yendo a la que no me convenía.
Los guerreros están en el distrito de Lintong, a unos 40 kilómetros del centro. Salí alrededor del mediodía y fui a la estación donde había llegado desde Pekín. Era inmensa, de esas en las que puedes caminar un buen rato y seguir sin tener claro dónde estás.
Recordaba haber salido por el norte, así que empecé a buscar autobuses por esa zona. Pregunté, pero nadie parecía saber indicarme cuál necesitaba. Mientras tanto, varios taxistas me ofrecían llevarme. Uno me propuso unos 15 euros, aunque ya no recuerdo si era solo la ida o incluía también la vuelta. Como había leído que el autobús costaba bastante menos, decidí seguir buscando.
Fui a información, pregunté con el traductor y alguien me dijo que tenía que ir al sur, donde estaban los autobuses. Así que me recorrí la estación hasta el otro extremo. Cuando llegué, un trabajador de una garita me preguntó adónde iba y, al decirle que a los guerreros de terracota, me soltó que allí no había ningún autobús para ese destino y que tenía que ir al norte.
Ahí ya no sabía si reírme o sentarme en el suelo. Llevaba más de una hora dando vueltas por la estación y cada persona parecía mandarme en una dirección diferente.
Volví a mirar la información que había consultado y, por fin, caí en el detalle que lo explicaba todo: Xi’an tiene dos estaciones principales y los posts que había leído no dejaban claro a cuál tenía que ir. Yo estaba en la equivocada.
La estación correcta… y otra búsqueda más
La solución era coger el metro hasta la otra estación. En teoría, fácil. En la práctica, unos cuarenta minutos de metro y vuelta a empezar.
Cuando llegué, tuve que buscar de nuevo la parada del autobús. Pregunté a varios taxistas que había por allí; me señalaban hacia delante, pero yo no veía nada que pareciese una parada. Después de caminar un poco más, por fin encontré un autobús que iba a los guerreros. Pregunté al conductor para asegurarme y me confirmó que sí.
¡Por fin! Aunque todavía quedaba aproximadamente una hora de trayecto.
Entre la estación equivocada, la caminata de un lado a otro, el metro y la búsqueda de la parada, ya llevaba un buen rato perdido. Y el reloj seguía corriendo: el recinto cerraba a las seis de la tarde y yo empezaba a hacer cuentas para ver si llegaba a tiempo.
«¿Pero dónde están los guerreros?»
El autobús me dejó en una zona que parecía más un área de servicio que la entrada de uno de los lugares turísticos más famosos de China. Vi un cartel, pero no tenía claro si estaba donde tocaba, así que pregunté. «Más adelante», me dijeron.
Pues venga, a caminar. No había una acera clara y acabé andando por una zona pegada a la carretera, preguntando cada vez que encontraba a alguien. Primero más adelante; después, a la izquierda. Cuando por fin vi algo que parecía un mostrador, saqué el pasaporte porque había leído que tenía que recoger una entrada física.
—No, esto es información. El ticket está más adelante, a la derecha.
A esas alturas ya estaba empezando a perder la paciencia. Seguí las indicaciones hasta unos tornos, probé con el pasaporte y pude pasar. Pensé que ya estaba, pero me encontré dentro de una zona amplia, como un parque, y ni rastro de los guerreros.
Seguí andando hasta encontrar otros tornos. Y entonces sí: esa era la entrada al recinto arqueológico. Había salido alrededor del mediodía y llegué aproximadamente entre las cuatro y media y las cinco.asi cuatro horas para llegar a los guerreros de terracota. No está mal, ¿eh?
Los guerreros de terracota: una hora para ver una maravilla
Por suerte, había comprado una entrada flexible que me permitía entrar sin depender de una hora concreta. Menos mal, porque si hubiese tenido una reserva con un horario estricto, igual me habría quedado fuera después de toda la aventura.
Los guerreros de terracota son uno de esos lugares que impresionan incluso cuando ya has visto cientos de fotos. El ejército de figuras se creó para acompañar al primer emperador de China, Qin Shi Huang, en su mausoleo. Ver las hileras de soldados, los caballos y la cantidad de trabajo que hay detrás de todo aquello en persona es muy diferente a verlo en una pantalla.
El problema es que yo no tenía tiempo para disfrutarlo tranquilamente. Me quedaba alrededor de una hora antes del cierre, así que tuve que recorrer el recinto deprisa, ver lo principal y grabar el material que necesitaba para el vídeo del canal principal.
Me impresionaron muchísimo, pero me dio rabia tener que verlos a toda velocidad después de semejante odisea. Además, me quedé sin visitar la colina que también quería conocer. Aun así, conseguí sacar el vídeo adelante, así que al menos todo el esfuerzo no fue en vano.
Antes de salir grabé la introducción y el final que me faltaban. Algunas partes que no había podido grabar como quería durante el día las resolví allí mismo, aprovechando el poco tiempo que me quedaba.
Volver a Xi’an y sacar fuerzas para otro vídeo
La aventura todavía no había terminado. Para volver me esperaba otro autobús largo y después el metro hasta el hotel. No recuerdo los tiempos exactos de cada tramo, pero sí la sensación de llevar todo el día moviéndome de un lado a otro. Entre la grabación de la mañana, la búsqueda del transporte, el trayecto de ida, la visita exprés y el regreso, estaba reventado.
Por suerte, el trayecto de vuelta me sirvió para bajar un poco las revoluciones. Cuando llegué al hotel, dejé la mochila y me preparé para salir una última vez. Porque todavía tenía pendiente grabar el vídeo nocturno de Xi’an para mi canal secundario, Walking the World.
Después de descansar un momento, salí a dar una vuelta de unos cuarenta o cincuenta minutos por la zona de la Torre del Tambor, las murallas y el barrio musulmán. Esta vez tocaba caminar y captar el ambiente de la ciudad por la noche. Después de un día tan caótico, aquel paseo fue una forma bastante agradable de despedirme de Xi’an.
Terminé el vídeo, volví al hotel y a dormir. A la mañana siguiente, sobre las nueve o las diez menos cuarto, ya estaba saliendo hacia mi siguiente destino.
No había visto todo lo que me habría gustado, pero al menos había conseguido grabar el vídeo de la Ruta de la Seda, el de los guerreros de terracota y el paseo nocturno para Walking the World. No estuvo mal para un día en el que, durante unas cuantas horas, pensé que ni siquiera iba a llegar a mi destino principal.
¿Merece la pena visitar Xi’an?
Sí, sin ninguna duda. Mi experiencia estuvo marcada por los problemas de transporte y por llevar una agenda demasiado apretada, pero Xi’an me pareció una ciudad con mucho que ofrecer.
La muralla, la Torre del Tambor y el barrio musulmán merecen un paseo. Además, es un buen sitio para probar la gastronomía local; esos biangbiang mian fueron una primera toma de contacto estupenda y el ambiente del barrio musulmán me gustó mucho.
Pero los guerreros de terracota son, sin duda, una visita que recomendaría a cualquiera que viaje por China. Son impresionantes y justifican incluir Xi’an en una ruta por el país.
Eso sí, una cosa aprendí por las malas: no des por hecho que llegar a una atracción será sencillo solo porque hayas leído que hay un autobús barato para ir hasta allí. Comprueba desde qué estación sale, dónde está la parada y cuánto tiempo necesitas para el trayecto. Y, sobre todo, deja margen para los imprevistos.
Yo tenía una entrada flexible y aun así terminé viendo los guerreros con el reloj en la mano. Si hubiera organizado aquella jornada de otra manera, seguramente habría disfrutado mucho más de la visita.
Me fui de Xi’an con la sensación de haberme dejado cosas por ver, pero también con una historia que difícilmente olvidaré. No precisamente porque todo saliera bien, sino porque pocas veces he tenido que sudar tanto —y mojarme tanto— para llegar a un sitio.
Y eso que solo llevaba unos días en China.
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