Chongqing: la ciudad que me enamoró aunque no entendí una mierda
Un desayuno contrarreloj, una cena en el restaurante más grande del mundo y una ciudad en la que caminar diez minutos podía convertirse en una expedición. Así empezó mi historia de amor-odio con Chongqing.
Cinco horas de tren y un desayuno contrarreloj
Después de visitar Pekín y Xi’an, tocaba poner rumbo a Chongqing. El billete me costó unos 50 euros y el trayecto duraba alrededor de cinco horas. Esta vez no era un tren de alta velocidad, así que tocaba echarle paciencia.
Salí pronto del hotel y llegué a la estación con una hora de margen. Pasé el control, localicé el andén y pensé que tenía tiempo de sobra para desayunar. Mi primera idea era comprar algo en un 7-Eleven o un FamilyMart, pero vi un McDonald’s y se me antojó.
Hice el pedido y entonces me fijé en las dos señoras que estaban preparando la comida. Había un montón de pedidos pendientes y el mío no salía ni a tiros. Yo miraba el reloj, enseñaba el número, hacía gestos y hasta les hablaba en español intentando explicar que tenía prisa. La mujer pasaba de mí olímpicamente.
Cuando quedaban apenas cinco minutos para subir al tren, por fin apareció mi pedido. Cogí la maleta, la mochila, el café y la hamburguesa y salí corriendo. El café iba en una bolsa que se movía de un lado a otro y estuve a punto de regar a algún pasajero. Subí al tren de los últimos, me comí la hamburguesa y me bebí el café. Cinco horas después, llegué a Chongqing. Y eso que todavía no había empezado lo bueno.
Bienvenido a Chongqing: llueve y no encuentro el hotel
Al salir de la estación me encontré con otra tromba de agua. Crucé la calle y me refugié en un 7-Eleven, mi vieja confiable: compré un sándwich, comí algo y esperé a que aflojara.
Después me fui al hotel. O, mejor dicho, a la ubicación donde supuestamente estaba. Llegué a la zona indicada por Booking y empecé a dar vueltas con la maleta: subía escaleras, bajaba cuestas y no había manera de encontrarlo.
Al final vi a un chico guardando unas cajas en un coche. Le enseñé la ubicación y me miró con una cara de pena que lo decía todo. Dejó las cajas y decidió acompañarme. El hotel estaba prácticamente en la dirección contraria y, para colmo, yo había pasado por delante sin verlo: el nombre no coincidía con lo que esperaba encontrar. Gracias a aquel chico, por fin pude dejar la maleta, ducharme y cambiarme.
Una cena en el restaurante más grande del mundo
Tenía dos vídeos en mente: uno sobre Chongqing y otro sobre el Pipa Yuan, el restaurante que se anuncia como el más grande del mundo, con capacidad para unas 5.800 personas. Como se me había hecho tarde para recorrer la ciudad, decidí empezar por allí. Cogí un taxi y, tras media hora de trayecto, llegué. Me costó unos dos euros. Dos euros por media hora de taxi: así da gusto.
El restaurante está en una colina y, con las instalaciones iluminadas, resulta espectacular. Pedí que me sentaran en una terraza para disfrutar de las vistas y empecé a grabar. El camarero era majísimo y me contó que estaba aprendiendo español con canciones de Bad Bunny. Le recomendé buscarse otro cantante para aprender el idioma; también le gustaba Rosalía, así que le concedí que por ahí iba mejor encaminado.
Pedí hotpot y pensé en coger un caldo bien picante, pero el camarero me hizo entender que no me viniera arriba: para muchos turistas, incluso el nivel bajo de picante puede ser suficiente. Le hice caso. Para el vídeo también quise probar intestinos de oca y sangre de pato. ¿El resultado? No se convirtieron precisamente en mis platos favoritos.
Para rematar, el quemador de la olla no funcionaba bien y yo ya había echado ingredientes pensando que aquello estaba calentándose. Mientras lo resolvíamos, un hombre de la mesa de al lado se acercó, me soltó el clásico «Welcome to China» y brindamos. El camarero también se implicó con el vídeo: me preguntó si estaba haciendo un directo y, cuando le dije que era para YouTube, salió saludando a cámara y ayudándome con la comida.
Entre la cena y la grabación se me fueron dos horas largas, quizá cerca de tres. La cuenta rondó los 30 euros y volví al hotel en otro taxi de unos dos euros. Al día siguiente tocaba conocer la ciudad de verdad.
Chongqing y el arte de no saber dónde estás
Mi plan era recorrer los principales puntos de interés y grabar un vídeo contando un poco la historia de la ciudad. Sobre el papel, todo perfecto. El primer problema apareció en el metro: Alipay no me funcionaba en las máquinas. El día anterior había podido comprar un billete físico en ventanilla, pero esta vez no había ventanilla ni nadie a quien preguntar.
Miré cuánto tardaría andando hasta Hongya Dong: alrededor de una hora. «Bueno, pues nada. A caminar».
La plaza del piso 22 y el reto que duró cinco minutos
De camino pasé por una plaza situada en una planta elevada, conocida por estar en el piso 22 de un edificio. En Chongqing, con tantos desniveles, lo que parece estar a pie de calle puede encontrarse a una altura considerable respecto al terreno de al lado.
Había visto un vídeo de otro viajero que tardaba bastante en encontrar cómo bajar, así que decidí grabar un reto para ver cuánto me costaba llegar a la planta cero. Grabé la introducción, me puse en marcha… y encontré un ascensor que bajaba directamente. Primer fail del día. Eso sí, el ascensor paraba en prácticamente todas las plantas aunque no subiera ni bajara nadie. Al final tardé unos cinco minutos.
Hongya Dong y el edificio que veía, pero al que no llegaba
Continué hacia Hongya Dong, caminé junto al río y grabé planos de la zona tradicional, con sus edificios escalonados y las vistas de los rascacielos cercanos. Me gustó mucho la mezcla de arquitectura tradicional y ciudad moderna.
Desde allí veía Raffles City y pensé que estaba lo bastante cerca como para ir andando sin mirar el mapa. Qué error. Empecé a bajar cuestas, subir escaleras, girar por calles y acabar en lugares que no parecían llevar a ninguna parte. El edificio seguía visible, como si se estuviera riendo de mí.
Después de aproximadamente una hora dando vueltas, saqué el AMap. Ni siquiera así fue sencillo: los desniveles y las calles a distintas alturas complicaban muchísimo orientarse. Finalmente llegué, grabé lo que necesitaba y entré a comer en un Burger porque tenía hambre y era lo primero que encontré.
El templo del que no encontraba la salida
Después fui a ver un templo tradicional rodeado de rascacielos. Por fuera me pareció muy chulo y la entrada costaba unos tres euros, así que pensé que daría una vuelta rápida.
Qué inocente. Dentro había escaleras, balcones, distintos espacios y rincones que te llevaban de un sitio a otro. Al principio exploré encantado, pero después de media hora ya quería marcharme. El pequeño detalle era que no encontraba la salida. Cada vez que intentaba salir, aparecía otra escalera o una zona nueva. Tardé otros diez o quince minutos en encontrar la puerta. Empecé a sospechar que Chongqing tenía algo personal contra mí.
La camiseta de Adidas para mi padre
Quería llevarle un regalo a mi padre y había visto vídeos que decían que la ropa de marca podía salir barata en China. Entré en una tienda Adidas buscando una camiseta chula, quizá con algún diseño relacionado con China. Como no veía nada especial, pregunté si tenían camisetas de unos 20 o 30 euros.
El dependiente me puso una mano en el hombro y me señaló hacia la puerta. No me dijo literalmente que me fuera, pero yo lo interpreté como un «venga, circula, que aquí no vas a encontrar lo que buscas por ese precio». Puede que lo interpretara mal, pero con el día que llevaba me hizo gracia. Me fui sin camiseta para mi padre.
Shibati y la odisea para llegar a Liziba
Después pasé por Shibati, una zona tradicional que me gustó mucho y donde grabé otra parte del vídeo. Luego tocaba uno de los lugares más conocidos de Chongqing: la estación de Liziba, por donde pasa el tren atravesando un edificio residencial.
Miré el mapa y calculé que tardaría alrededor de una hora andando. A esas alturas debería haber aprendido la lección, pero lo intenté. El AMap me mandaba por una dirección y yo terminaba en zonas residenciales, subiendo escaleras, bajando otras y dando vueltas por caminos que no llevaban a ninguna parte. Lo peor era que, cada vez que miraba el mapa, parecía que estaba cerca. Pero no llegaba.
Después de una cantidad absurda de vueltas, por fin encontré Liziba. Allí sí disfruté: la estación es realmente curiosa y el paso del tren por el edificio merece la pena verlo en persona. Grabé los planos y también la llegada del metro. Para desplazarme al siguiente punto cogí el metro y, por suerte, aquella estación sí tenía ventanilla. Pude comprar un billete físico sin volver a pelearme con Alipay. Por fin, una pequeña victoria.
Más de 40.000 pasos y un final pasado por agua
Todavía tenía que grabar el final del vídeo de la ciudad y hacer un paseo nocturno para mi canal secundario, Walking the World. Estaba cansado y, cuando vi que andando hasta la siguiente zona tardaría otra hora, decidí que ya era suficiente. Cogí el metro, me acerqué y grabé el final.
Justo entonces empezó a llover. Al principio parecía poca cosa, pero cada vez caía más agua. Me acordé de mis zapatillas: en Xi’an se me habían empapado dos días antes y, después de mucho tiempo, por fin estaban secas. Pues nada, vuelta a empezar.
La lluvia fue a más y tuve que comprar un paraguas por el camino. Así acabé grabando buena parte del vídeo andando con el paraguas en la mano, empapado y con las zapatillas otra vez mojadas. Lo mejor fue que, justo cuando terminé de grabar, dejó de llover. Por supuesto.
Volví al hotel cerca de las once o las doce de la noche, después de otro día de caminatas interminables y más de 40.000 pasos. Estaba reventado. Había recorrido un montón de lugares, grabado vídeos y perdido horas intentando llegar a sitios que parecían estar al lado.
Y, aun así, me fui a dormir con una sensación bastante curiosa: me había encantado Chongqing. Pero no había entendido una mierda de la ciudad.
Una ciudad caótica que terminó conquistándome
Si me preguntas por qué Chongqing terminó convirtiéndose en mi ciudad favorita de China, no te diría que fue por un único monumento o una visita concreta. Fue la combinación de todo: sus edificios, sus desniveles, las calles que parecen no terminar nunca, las zonas tradicionales escondidas entre rascacielos, las vistas junto al río, la comida y esa sensación de estar en un lugar diferente a cualquier otro que hubiera visitado.
También me gustó mucho la gente que fui encontrando por el camino. Desde el chico que me acompañó hasta el hotel hasta el camarero del Pipa Yuan, fueron pequeños momentos que hicieron que el viaje resultara todavía más especial.
Eso no quita que la ciudad me sacara de quicio en más de una ocasión. Hubo momentos en los que estaba cansado y frustrado, sin entender por qué algo que parecía estar a diez minutos se convertía en una caminata interminable. Pero ese caos también formó parte de la experiencia.
Chongqing no me lo puso fácil. Me obligó a improvisar, a cambiar de planes y a aceptar que no siempre iba a llegar a los sitios como había imaginado. Y quizá por eso la recuerdo con tanto cariño. A pesar de las vueltas absurdas, las zapatillas empapadas y las peleas con el mapa, terminé enamorándome de ella.
Aunque sigo sin tener muy claro cómo funciona.
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