Hong Kong: sopa de serpiente, un durian que me cerró la boca y una subida de infarto
Sopa de serpiente, un durian que esta vez sí me gustó, una habitación minúscula con ruidos sospechosos y una subida en autobús que casi me da algo.
Llegada a Hong Kong: directo a las Chungking Mansions
Después de pasar el día entero recorriendo Taipéi, tocaba poner rumbo a Hong Kong. A la mañana siguiente me levanté, desayuné algo en el 7-Eleven que tenía justo enfrente del hotel y me fui a la estación de autobuses para dirigirme al aeropuerto. El vuelo salía sobre la una, así que, entre el trayecto de unos 45 minutos o una hora y llegar con tiempo suficiente, no tenía margen para hacer turismo antes de marcharme.
El vuelo fue bien y llegué a Hong Kong a la hora prevista. Desde el aeropuerto cogí el tren hasta Hong Kong Station y después enlacé con el metro para llegar a mi alojamiento.
Y aquí empezó la aventura.
El hotel estaba en las famosas Chungking Mansions, un enorme complejo de edificios situado en pleno Tsim Sha Tsui, conocido por su laberinto de pequeños alojamientos, tiendas, restaurantes y negocios de todo tipo. Es uno de esos lugares de Hong Kong que tienen fama por sí mismos y que yo ya tenía pensado visitar para grabar parte de uno de mis vídeos. Lo que no sabía era que iba a acabar durmiendo allí. Planificación nivel experto, aunque esta vez por pura casualidad.
El complejo está dividido en varios bloques —yo recuerdo tres o cuatro, así que no me voy a inventar el número exacto— y cada uno tiene sus propios ascensores. Además, dentro de cada bloque hay dos ascensores: uno para las plantas pares y otro para las impares. Vamos, que si no te fijas bien, puedes acabar esperando el ascensor equivocado o preguntándote por qué no para en tu planta.
A mí me tocó el bloque número tres, que era el más alejado. Tuve que subir a una planta para hablar con el dueño del hotel y, después de localizarlo, me acompañó hasta mi habitación, que estaba tres o cuatro pisos más abajo. Todo aquel recorrido para llegar a una habitación que debía de medir unos cinco metros cuadrados, si llegaba.
Había una cama, una nevera y un baño privado. Poco más. La maleta entraba por los pelos, pero, oye, tenía baño propio y un sitio donde dormir. Tampoco estaba buscando un palacio.
Dejé las cosas y salí a descubrir Hong Kong. Eran aproximadamente las cuatro de la tarde y quería aprovechar el tiempo para grabar dos vídeos: uno de comida extraña y otro recorriendo la ciudad.
Sopa de serpiente, durian y otras decisiones cuestionables
Me dirigí hacia el norte hasta llegar a Temple Street, una zona conocida por su mercado nocturno y sus puestos de comida callejera. Esperaba encontrar algo más espectacular, pero el ambiente estaba bien y, sobre todo, había llegado con una misión: probar la sopa de serpiente.
El problema fue que no entendí demasiado bien la carta. Pedí una sopa que resultó ser básicamente caldo de huesos de serpiente, sin carne. Así que tuve que volver a pedir otra, esta vez con carne. Por suerte, me regalaron el primer caldo, así que al menos no se desperdició.
La sopa estaba bastante buena. Tenía un toque de pimienta que le daba un sabor interesante y, sinceramente, me esperaba algo mucho más extraño. No fue una experiencia desagradable; de hecho, me gustó.
Después seguí probando cosas por los puestos de la zona. Comí unas bolas de langosta, una salchicha y un plato de tripa con carne que no me convenció demasiado. Había que probarlo todo, aunque no todo fuera a convertirse en mi nuevo plato favorito.
Pero todavía quedaba el gran protagonista de la comida asiática para muchos viajeros: el durian.
Ya lo había probado en Japón unos tres años antes y no me había gustado nada. Sin embargo, quería volver a intentarlo para el vídeo, así que me animé a comprar un poco. Y aquí vino la sorpresa: esta vez me gustó.
No sé si era una variedad diferente, si estaba menos intenso o si simplemente aquel día tenía el paladar más receptivo. El caso es que no me supo como recordaba y pude comerlo sin poner cara de estar sufriendo una intoxicación alimentaria.
Después fui a buscar guilinggao, una gelatina tradicional china que se asocia con ingredientes herbales y que, en algunas versiones tradicionales, puede elaborarse con polvo de caparazón de tortuga. Hoy en día también existen versiones que utilizan otros ingredientes, así que encontrar la que quería probar no fue tan fácil.
Finalmente conseguí una y la probé. ¿A qué sabía? Pues a hierbas, a algo medicinal… o, directamente, a haber mordido un palo. No diría que estuviera asquerosa, pero tampoco entendí demasiado el atractivo. Una de esas cosas que pruebas por curiosidad y que probablemente no volverías a pedir por voluntad propia.
Con el estómago ya bastante entretenido, dejé Temple Street y bajé hacia Victoria Harbour, el famoso puerto de Hong Kong. Desde allí continué hasta Tsim Sha Tsui y acabé junto a la estatua de Bruce Lee, con unas vistas espectaculares del otro lado de la bahía.
Por el camino también me fijé en los andamios de bambú que se utilizan en Hong Kong para trabajar en edificios. Pude ver algunos montados y a trabajadores manipulándolos, una de esas cosas que llaman la atención cuando vienes de España y no estás acostumbrado a verlas de esa manera.
Aproveché la zona para grabar los dos vídeos que tenía previstos: el de comida y el de walking tour para mi canal secundario. Cuando terminé, volví a las Chungking Mansions.
Nada más entrar, me recibió otra vez el olor a comida india que salía de los locales de la planta baja. Ya era hora de descansar.
Una habitación minúscula y unos ruidos bastante sospechosos
La habitación tenía aire acondicionado y un ventilador de techo. Cuando empecé a escuchar unos ruidos extraños, pensé que quizá venían del aire acondicionado, así que lo apagué y puse el ventilador. Pero los ruidos seguían ahí.
Aparecían de repente, desaparecían y volvían a aparecer, sin que yo consiguiera entender de dónde demonios venían.
Y claro, estando en las Chungking Mansions, en una habitación minúscula y sin saber qué estaba sonando, mi cabeza empezó a trabajar por su cuenta: «¿Y si se ha metido una rata aquí dentro? ¿Y si tengo algún bicho escondido?».
Porque una cosa es dormir en una habitación pequeña y otra muy distinta es empezar a imaginar que compartes los cinco metros cuadrados con una familia de roedores.
Llegó un momento en que me pudo la curiosidad —y un poco la paranoia— y saqué el móvil para intentar mirar entre las rendijas con la cámara y el flash. Estuve investigando como si estuviera buscando pruebas de un crimen, pero no vi nada. Ni una rata, ni un bicho, ni nada que explicase aquellos ruidos.
Al final llegué a una conclusión: como el aire acondicionado daba al exterior del edificio, quizá caían gotas de agua de algún aparato situado en los pisos de arriba y golpeaban en algún punto de la fachada, provocando aquel ruido intermitente. Al menos, esa fue mi teoría. Que fuese realmente eso o no, nunca lo llegué a averiguar.
Lo que sí sé es que me costó dormirme. Y tampoco tengo claro qué habría sido peor: descubrir que no había nada o asomarme con el móvil y encontrarme un bicho mirándome desde las entrañas de las Chungking Mansions.
En fin, primer día en Hong Kong: dos vídeos grabados, comida de serpiente y una habitación en la que terminé investigando posibles ruidos paranormales. No estaba mal para empezar.
Segundo día: ferris, tranvías y edificios que parecen de película
Al día siguiente tocaba madrugar y ponerse las pilas. Quería grabar un vídeo sobre lo mejor y lo peor de Hong Kong, así que tenía por delante una buena lista de lugares que visitar.
Empecé cruzando Victoria Harbour en el Star Ferry, uno de los barcos históricos más conocidos de la ciudad. El trayecto es corto y barato, y las vistas del perfil urbano desde el agua merecen mucho la pena. De hecho, durante mi estancia lo utilicé dos o tres veces. Es una de esas experiencias sencillas que acabas repitiendo porque funciona.
Una vez al otro lado, visité la zona del antiguo complejo policial y penitenciario, donde pude entrar gratis. Después me encontré con otra de las cosas que me llamaban mucho la atención de Hong Kong: los tranvías de dos pisos. Ya había visto autobuses de dos plantas, pero ver también tranvías así, circulando entre edificios y calles tan concurridas, me parecía bastante curioso.
Continué hacia las escaleras mecánicas de Mid-Levels, otro de los lugares peculiares de la ciudad. No pude recorrerlas enteras porque una parte estaba cortada por obras, así que hice el tramo que estaba abierto y seguí con la ruta.
A esas alturas el calor y la humedad empezaban a pasar factura. Hong Kong puede ser bastante agobiante en verano, y aquel día sudaba tanto que, en algunos momentos, notaba gotas bajándome por las piernas. Al principio hasta pensé que tenía algún bicho encima.
Menos mal que el tifón parecía habernos dado una tregua, porque con aquella humedad ya tenía suficiente.
A mediodía me acerqué a Hong Kong Park, donde aproveché para descansar un rato antes de continuar. Después fui hacia los famosos Monster Buildings, en la zona de Quarry Bay. Son esos enormes bloques residenciales que se han hecho virales por sus patios interiores, rodeados de fachadas repletas de ventanas y balcones.
El lugar impresiona por la cantidad de viviendas concentradas en tan poco espacio. Cuando llegué, además, parte de la vista estaba afeada por un andamio, así que no pude disfrutar del patio exactamente como aparece en las fotografías más conocidas. Aun así, me pareció un sitio muy curioso y, para mi sorpresa, tampoco había demasiados turistas.
McDonald’s, una hamburguesa de cangrejo y las habitaciones jaula
Después de visitar los edificios, entré en un McDonald’s porque necesitaba ir al baño. Y allí me encontré con una escena que me llamó bastante la atención.
Había personas que parecían llevar mucho tiempo en el local. Algunas estaban descansando o durmiendo, y había mesas ocupadas por gente que no parecía estar comiendo nada. Aquello me recordó al fenómeno conocido como McRefugees: personas que pasan muchas horas en restaurantes de comida rápida porque tienen problemas para acceder a una vivienda adecuada o porque esos establecimientos les ofrecen un lugar donde estar.
No podía saber si las personas que tenía delante estaban en esa situación, así que no iba a sacar conclusiones sobre ellas. Pero me pareció interesante y aproveché para grabar una explicación del fenómeno para el vídeo.
Y, ya que estaba allí, decidí probar algo de la carta: una hamburguesa de cangrejo.
Estaba buenísima. De hecho, me sorprendió tanto que pensé que deberían venderla también en España. Lo curioso es que incluso podías comprar la pieza de cangrejo por separado, en un envoltorio individual, sin necesidad de pedir la hamburguesa completa.
Una vez terminada la parada, me fui hacia un barrio del norte de la ciudad para grabar otra parte del vídeo, esta vez sobre las llamadas cage homes o habitaciones jaula.
Se trata de una forma de alojamiento extremadamente precaria en la que varias personas pueden vivir en espacios diminutos, a veces delimitados por estructuras similares a jaulas o compartimentos. Es una de las caras más duras del problema de la vivienda en Hong Kong, donde el espacio es muy limitado y los precios son altísimos.
No llegué a entrar en ninguna de aquellas habitaciones, pero quería explicar el fenómeno y mostrar que, más allá de los rascacielos, las tiendas y las vistas espectaculares, la ciudad también tiene problemas sociales muy serios.
Después de grabar, regresé al hotel para descansar un rato. Llevaba horas caminando, hacía un calor brutal y todavía me quedaba una última visita para terminar el vídeo.
Hong Kong de noche y una subida de infarto a Victoria Peak
Cuando cayó la noche, volví a cruzar Victoria Harbour en el Star Ferry. Quería ver las luces de Hong Kong desde el agua, y la verdad es que merece la pena hacerlo tanto de día como de noche. El perfil de los rascacielos iluminados, con el puerto en medio, es una de esas imágenes que se te quedan grabadas.
Pero aún me faltaba una de las visitas más importantes: Victoria Peak, el famoso mirador desde el que se contempla Hong Kong desde las alturas. Quería terminar allí el vídeo, así que busqué cómo llegar en transporte público.
Google Maps me indicaba una parada de autobús bastante barata. El plan parecía sencillo: encontrar la parada, subir al autobús y llegar arriba.
Lo que no contaba era con que la zona estaba en obras.
Llegué al punto que me señalaba el mapa y no encontraba la parada por ninguna parte. Di vueltas, miré de un lado a otro y empecé a desesperarme. No entendía dónde tenía que coger el autobús ni por qué Google Maps me mandaba a un sitio donde parecía que no había nada.
Después de un buen rato cagándome en todo, decidí preguntar a unos hombres que estaban junto a varios autobuses. Me explicaron que la parada se había desplazado un poco más adelante por las obras.
Vamos, que la parada existía, pero se había mudado sin avisarme personalmente.
Por fin encontré el autobús y subí. Me senté arriba, en el primer asiento de la planta superior, pensando que así podría disfrutar de las vistas durante el trayecto. Y vaya si las disfruté. Aunque quizá «disfrutar» no sea exactamente la palabra.
La carretera subía por la montaña, con curvas y tramos junto a pendientes bastante pronunciadas. Desde aquel asiento delantero, viendo cómo el autobús avanzaba por la carretera de montaña, hubo momentos en los que casi me dio algo. No sé si fue la altura, las curvas o la combinación de ambas cosas, pero el trayecto me impresionó bastante más de lo que esperaba.
Por suerte, llegué arriba entero.
Y entonces sí: las vistas compensaron el viaje. Desde Victoria Peak se puede contemplar buena parte de Hong Kong, con sus rascacielos, las montañas y el puerto extendiéndose a lo lejos. Era el lugar perfecto para terminar el vídeo.
Después de disfrutar del mirador y grabar lo que me faltaba, cogí el autobús de vuelta hasta el muelle, crucé otra vez en ferry hacia Kowloon y regresé al hotel.
Había sido un día bastante completo: edificios, tranvías, escaleras mecánicas, problemas de vivienda, una hamburguesa de cangrejo que me había encantado y una subida en autobús que no olvidaré fácilmente.
Último día: despedida de Hong Kong y rumbo a Shenzhen
A la mañana siguiente tocaba despedirse de Hong Kong. Me levanté, desayuné y volví a acercarme a Victoria Harbour para disfrutar una última vez de las vistas antes de marcharme.
Me habría gustado quedarme más tiempo. También se me quedó pendiente visitar el Buda gigante, uno de los lugares más conocidos de Hong Kong. Pero el viaje tenía que continuar y todavía quería aprovechar el último día para conocer otra ciudad.
Recogí las maletas y me fui a la estación para coger el tren hacia Shenzhen, en China continental.
Había escogido salir desde el aeropuerto de Shenzhen porque el vuelo me salía más barato que desde Hong Kong. Además, como no despegaba hasta por la noche, podía aprovechar el día para conocer Shenzhen antes de ir al aeropuerto.
Así que tocaba cruzar la frontera en tren, algo que todavía no había hecho de aquella manera. Pasé los controles y los trámites de entrada en China continental y, al final, conseguí una pequeña colección de sellos en el pasaporte: dos de entrada y dos de salida en China.
Con Hong Kong dejaba atrás otra parte del viaje, una ciudad que me había sorprendido por sus contrastes: rascacielos y viviendas diminutas, ferris históricos y tranvías de dos pisos, comida que me encantó y sabores que no repetiría, además de una habitación donde casi terminé investigando una posible invasión de ratas.
Me faltó tiempo para visitar algunas cosas, así que tengo una buena excusa para volver algún día.
Ahora tocaba descubrir Shenzhen y poner el broche final a este viaje por Asia. Continuará…
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