Shenzhen: ¿la ciudad más futurista del mundo o nos hemos venido un poco arriba?
Shenzhen era mi última parada antes de volver a casa. Después de recorrer China, pasar por Taiwán y terminar en Hong Kong, me quedaba una última ciudad que tenía muchas ganas de conocer. Y no una ciudad cualquiera: Shenzhen, ese lugar del que había visto vídeos en los que parecía que vivían directamente en el año 2050.
Taxis sin conductor, drones que te llevan la comida, robots por todas partes, sistemas de pago futuristas… Sobre el papel, aquello parecía una mezcla entre una película de ciencia ficción y un centro comercial donde todo el mundo tiene un móvil mejor que el tuyo.
Mi idea inicial era grabar un vídeo sobre la ciudad más futurista del mundo. Pero una cosa es lo que ves en internet y otra muy distinta lo que te encuentras cuando empiezas a caminar por sus calles.
Una hora para conseguir dejar la maleta
Llegué a Shenzhen desde Hong Kong en tren, crucé los controles fronterizos y volví a entrar en China continental. Y con ello regresaba también mi viejo conocido: Amap, el infame Amap.
Antes de ponerme a recorrer la ciudad, tenía que dejar la mochila y la maleta en unas taquillas de la estación. El pequeño inconveniente era que la estación era enorme y encontrar aquellas taquillas se convirtió en una aventura en sí misma. Cuando por fin di con ellas, la pantalla me pedía algo relacionado con un número de teléfono chino para enviarme un código. Los mensajes estaban en chino, el traductor no me solucionaba demasiado y yo no entendía qué demonios tenía que hacer.
Pregunté a distintas personas, pero entre los idiomas y el traductor aquello no avanzaba. Después de dar unas cuantas vueltas, regresé al punto de partida y apareció una chica occidental que tampoco lo entendía del todo, aunque creía saber cómo funcionaba. Se puso a probar y, efectivamente, consiguió hacerlo. ¡Milagro!
Había taquillas pequeñas, medianas y grandes. Primero probé con una pequeña, por si aquello volvía a fallar; cuando comprobé que funcionaba, me lancé a por la grande para meter la mochila y la maleta. Entre encontrar el lugar, entender las instrucciones y pedir ayuda, había perdido cerca de una hora. Una hora de mi último día en China para guardar una maleta. Empezábamos bien.
Drones que reparten comida… y un chico que salió corriendo
Nada más salir de la estación me encontré con una zona donde los drones entregaban pedidos de comida. Grabé un poco y vi cómo funcionaba el sistema. Llegó un chico a recoger su pedido y pensé en preguntarle si me dejaba grabar el proceso, pero justo entonces empezó a llover y salió corriendo. Me quedé sin mi pequeña escena documental: el protagonista no estaba por la labor de colaborar con mi producción audiovisual.
La lluvia decidió acompañarme durante buena parte del día. Intenté pedir comida a través de Alipay para probar personalmente el sistema, pero necesitaba una cuenta china. Pensé que podría intentarlo más adelante, en otro punto de recogida que tenía localizado en el llamado Parque del Futuro.
El museo futurista que estaba cerrado
Tenía apuntados varios lugares, aunque la información que había encontrado no siempre estaba demasiado clara. Quería visitar un museo enorme, futurista y dedicado a la tecnología. Por lo que había leído, cerraba bastante pronto, así que pensé que lo mejor era ir primero. Pero, mientras iba de camino, encontré información que indicaba que ese día estaba cerrado.
El museo quedaba lejos. Ir hasta allí sin tener claro si podría entrar significaba arriesgarme a perder una parte importante del día, así que decidí no jugármela. Otra cosa que se quedaba en el camino. Shenzhen no estaba siendo exactamente la experiencia que me había imaginado, no porque no tuviera cosas interesantes, sino porque organizar el día resultaba bastante más complicado de lo esperado.
Una ciudad que no parecía vivir en 2050
Cuando piensas en Shenzhen, después de ver vídeos sobre ella, es fácil imaginar una ciudad completamente futurista: edificios modernos por todas partes, calles impecables, transporte avanzado y tecnología integrada en cada rincón. Yo, por lo menos, me había hecho esa idea.
Sin embargo, también vi edificios que parecían sacados de los años sesenta o setenta, calles bastante deterioradas y bicicletas y motos eléctricas que me pasaban por el lado mientras caminaba por la acera. Había leído que prácticamente no había autobuses de gasolina, pero me encontré con uno que pasó echando una humareda considerable. No sé si era una excepción o si la información que había leído estaba exagerada, pero la escena no encajaba demasiado con la imagen de ciudad del futuro.
Y hubo otra paradoja: fue la única ciudad de mi recorrido por China en la que no pude pagar el metro con Alipay como venía haciendo habitualmente. Necesitaba monedas o efectivo y no llevaba, así que tuve que buscar la manera de comprar un billete. Algunas máquinas ni siquiera aceptaban otra cosa que monedas. Ya me dirás tú qué tiene de futurista quedarte atascado delante de una máquina porque no llevas calderilla.
También me acerqué a una zona más antigua y tradicional, que aproveché para grabar. Empecé a pensar que quizá el problema no era Shenzhen, sino la manera en la que se presenta en muchos vídeos: como si toda la ciudad fuese una enorme exposición tecnológica. Porque no lo era.
Dos horas de espera para comer del futuro
Después me dirigí a un centro comercial donde había localizado un restaurante peculiar. En lugar de utilizar los típicos raíles por los que circulan los platos, allí la comida llegaba a las mesas mediante un sistema de levitación magnética. Por supuesto, quería verlo y grabarlo.
Llegué con ganas de probarlo y me encontré con que no había sitio. La espera era de aproximadamente dos horas. Dos horas para comer. Aquel día no estaba para pasarme media tarde esperando, así que aproveché para visitar otra zona que me interesaba: un área comercial especializada en tecnología, con tiendas de componentes electrónicos, chips, aparatos y todo tipo de cacharros.
Aquella zona sí que me pareció muy interesante. Me di una vuelta, grabé algunos planos y disfruté mirando toda clase de dispositivos. Fue uno de esos momentos en los que agradeces que un plan no salga como esperabas, porque terminas descubriendo otra cosa que merece la pena.
Después regresé al restaurante. Por fin había llegado mi turno. Pedí uno de los platos —cuyo nombre tendré que recuperar— y grabé el sistema de levitación magnética. La comida estaba buena y, al menos, pude llevarme las imágenes que había ido buscando. Misión cumplida.
El supermercado que nunca encontré
Después de comer, quería comprar algunos recuerdos gastronómicos para llevar a casa: noodles, dulces o algún producto típico que pudiera guardar en la maleta. Pensé que en una ciudad como Shenzhen no tendría demasiadas dificultades, pero tampoco.
Busqué un supermercado decente y encontraba principalmente tiendas pequeñas y minimercados del estilo de los 7-Eleven. No daba con un establecimiento donde elegir tranquilamente entre un montón de productos. Después de dar unas cuantas vueltas, terminé desistiendo. A esas alturas, Shenzhen ya me había enseñado que, por muy avanzada que parezca una ciudad, siempre puedes acabar perdiendo el tiempo buscando algo tan básico como una taquilla, un billete de metro o un supermercado.
Bienvenidos al Parque del Futuro
Llegó el momento de dirigirme al Parque del Futuro. Si había una zona de Shenzhen que representaba la imagen tecnológica que llevaba en la cabeza, era aquella. Y aquí sí que encontré lo que estaba buscando.
Nada más llegar, empecé a ver taxis autónomos por todas partes. También estaba el famoso punto de recogida de comida mediante drones que había visto en tantos vídeos. Estaba llenísimo de gente y no paraban de llegar drones con pedidos.
Lo más curioso era la organización: como había tantas entregas, se formaban auténticas colas de drones. Llegaba uno, dejaba la comida y completaba su proceso; mientras tanto, otro esperaba su turno. Hasta que el anterior no terminaba y se marchaba, el siguiente no empezaba a dejar su pedido. Era como ver una pequeña torre de control de aeropuerto, pero con drones esperando para entregar comida.
Aquello sí que me pareció una pasada. No era una promesa tecnológica ni una demostración preparada para turistas: era un sistema que estaba funcionando delante de mí, con un montón de gente recogiendo sus pedidos. Me habría gustado pedir algo y grabar todo el proceso desde el principio, pero no había conseguido resolver el problema de la aplicación. Al menos pude grabar los drones llegando y el funcionamiento de la zona. Algo era algo.
El robot que no quería hacer café
Como me había quedado sin la experiencia de pedir comida con un dron, pensé en probar otra de las atracciones tecnológicas. Había un establecimiento donde unos robots preparaban café y helados. Mi razonamiento era sencillo: si no podía conseguir que un dron me trajera la comida, por lo menos podía pedirle a un robot que me hiciera un café.
Me acerqué, lo intenté y… pues va a ser que no. El robot decidió que aquel no era un buen día para trabajar. No funcionó y me quedé sin café. No sé qué problema tendría, pero mi experiencia personal con la automatización en Shenzhen empezaba a parecer una campaña organizada para que volviera a casa sin consumir nada.
Eso sí, pude grabar a otras personas que sí conseguían pedir sus cafés y helados. Después continué grabando los taxis autónomos y otros detalles de la zona. La parte tecnológica de Shenzhen era realmente interesante, y allí entendí mejor por qué la ciudad tiene tanta fama. El problema era que esa realidad no representaba necesariamente toda la ciudad.
¿Es Shenzhen realmente la ciudad más futurista del mundo?
Al final, Shenzhen me dejó una sensación contradictoria. Por un lado, tiene cosas que impresionan de verdad: taxis autónomos, drones de reparto, sistemas de cámaras y mapeado que permiten que funcionen estas tecnologías, robots y otras soluciones que todavía nos parecen novedosas en muchos lugares.
Por otro, cuando recorres la ciudad más allá de esas zonas, no tienes la sensación constante de estar viviendo en el año 2050. Hay edificios antiguos, calles normales, problemas de transporte, máquinas que te obligan a buscar monedas y situaciones que podrían ocurrirte en muchas otras ciudades.
Había llegado con la idea de presentar Shenzhen como la ciudad más futurista del mundo. Después de pasar allí el día, ya no estaba tan convencido. ¿Es una ciudad muy tecnológica? Sí, sin ninguna duda. ¿Es la ciudad más futurista del mundo? No sabría decirte cuál lo es, pero Shenzhen no me dio esa sensación durante el conjunto de mi visita.
Creo que la diferencia está en que la tecnología más espectacular se concentra en determinadas zonas. Allí puedes ver una cantidad impresionante de avances funcionando a la vez, mientras que otras partes de la ciudad tienen una apariencia mucho más convencional. Y no me parece que eso le quite mérito: una ciudad puede ser tecnológicamente avanzada sin que cada calle parezca el decorado de una película de ciencia ficción.
Cuando se presenta un lugar como la ciudad del futuro, conviene distinguir entre lo que realmente existe y la imagen que se crea alrededor. Una cosa es visitar una zona en la que los drones hacen cola para repartir comida y otra muy distinta es pensar que toda la ciudad funciona así.
Rumbo al aeropuerto: se acabó el viaje
Después de recorrer Shenzhen durante todo el día, estaba agotado. Había caminado muchísimo y había tenido problemas con las taquillas, la comida, los planes que no salían como esperaba y hasta con un robot que no quiso hacerme un café. Me fui al aeropuerto con tiempo de sobra.
Allí, mientras esperaba el vuelo, grabé una reflexión sobre el viaje. Llevaba tantas cosas acumuladas que necesitaba soltarlas delante de la cámara: las experiencias, los lugares que había visitado, los problemas, las cosas que me habían sorprendido y todo lo que había supuesto aquella aventura. Después tocaría revisar el material, seleccionar lo que aportaba algo y construir una historia que tuviera sentido.
Cogí el vuelo de Shenzhen a Dubái, donde tenía una escala corta de un par de horas. Después continué hasta Barcelona. Desde allí tocaba coger el Cercanías hasta Sants y enlazar con el tren hacia Zaragoza. Y, por supuesto, el tren se retrasó una hora. Porque, después de todo lo que había pasado durante el viaje, parecía que una última incidencia era obligatoria para completar la colección.
Finalmente llegué a Zaragoza, donde me estaban esperando mis padres. Y ahí sí: se acabó el viaje. Un recorrido por China, Taiwán y Hong Kong, con una escala en Dubái al principio y otra al final, un montón de ciudades, cientos de cosas que contar y suficientes imprevistos como para llenar varios cuadernos. Y todo ello, además, grabando para dos canales.
Lo que me llevo de este viaje: viajar también es aprender a gestionar el caos
Cuando preparas un viaje de estas características, es fácil imaginarte lo mejor: los paisajes, los monumentos, las ciudades que llevas años queriendo conocer, la comida y todas esas escenas que después recordarás durante mucho tiempo. Y todo eso está ahí. Claro que está.
Pero hay otra parte de viajar de la que se habla bastante menos: las horas que pierdes intentando resolver un problema absurdo, el cansancio de caminar todo el día, los transportes que se complican, la lluvia que aparece cuando necesitas grabar y los lugares a los que finalmente no puedes ir.
En este viaje hubo un poco de todo. Pekín me recibió con problemas desde el principio, pero también me permitió descubrir monumentos, comida y situaciones que no habría vivido de otra manera. La Gran Muralla me recordó que una cosa es imaginarse recorriéndola y otra muy distinta enfrentarse a ella con las piernas y el tiempo que tienes. En Xi’an, llegar hasta los guerreros de terracota terminó convirtiéndose en una odisea de varias horas. En Chongqing encontré una ciudad que me enamoró, aunque muchas veces no entendiera muy bien cómo funcionaba.
Fenghuang me regaló calles preciosas, lluvia y unas Crocs de tres euros que acabaron acompañándome durante el resto del viaje. Zhangjiajie fue una mezcla de paisajes espectaculares, vértigo, mareos, colas y problemas de transporte. Shanghái me recibió con un tifón, dos paraguas muertos y una cantidad de pasos que habría sido más sensato repartir entre varios días. Taiwán me dejó un día en Taipéi, tofu apestoso y una cama con goteras. Y Hong Kong me regaló sopa de serpiente, un durian que me cerró la boca y una subida de infarto.
Y, para terminar, Shenzhen: una ciudad que me impresionó por su tecnología, pero que también me hizo cuestionarme hasta qué punto las expectativas que nos creamos antes de viajar se corresponden con la realidad. Visto así, parece que me he pasado el viaje sufriendo. Pero no. Si me quedara únicamente con los contratiempos, estaría olvidándome de la parte más importante: todo lo que vi, lo que aprendí, las cosas que me sorprendieron y las historias que me traje a casa.
Viajar no consiste en conseguir que todo salga como lo habías planeado. Consiste en vivir lo que ocurre cuando las cosas no salen así.
China: mucho más que una imagen de internet
China merece una reflexión propia porque durante estas semanas pasé por lugares muy diferentes entre sí. Vi ciudades enormes y modernas, lugares históricos, paisajes naturales impresionantes y zonas tradicionales. Pasé de los rascacielos de Shanghái a las calles de Fenghuang, de la escala monumental de Pekín a las montañas de Zhangjiajie, y de la complejidad urbana de Chongqing a la tecnología concentrada en Shenzhen.
Cuanto más veía, más difícil me resultaba reducir China a una sola idea. A veces se habla de China como si fuera un único escenario: o es el país más avanzado del planeta, o es un lugar lleno de contradicciones, o es una cultura completamente ajena a la nuestra. Pero un viaje así te obliga a matizar.
Puedes encontrarte con tecnologías que parecen adelantadas a su tiempo y, al mismo tiempo, tener dificultades para hacer algo tan sencillo como comprar un billete de metro. Puedes visitar una ciudad ultramoderna y encontrar edificios antiguos a pocos metros. Puedes preparar una ruta al milímetro y descubrir que la información que habías consultado no era suficiente. La realidad es mucho más interesante, precisamente porque no encaja del todo en la imagen que te habías hecho.
Eso no significa que ahora conozca China. Ni mucho menos. Un viaje, por largo que sea, solo te enseña una parte de un país tan enorme. Pero sí significa que tengo más elementos para hacerme preguntas, comparar lo que esperaba con lo que encontré y entender que las generalizaciones suelen quedarse cortas. Y eso, para mí, ya es bastante.
Viajar y grabar: dos trabajos en uno
Este viaje también ha sido diferente porque no he ido únicamente a hacer turismo. Ha sido mi primer gran viaje grabando de manera seria para dos canales. Y eso cambia muchas cosas.
Cuando viajas sin grabar, puedes llegar a un sitio, disfrutarlo, hacer unas fotos y marcharte cuando te apetezca. Si estás cansado, descansas. Si aparece algo interesante por el camino, improvisas. Cuando además tienes que producir vídeos, la cosa cambia: tienes que pensar qué vas a contar, buscar información, localizar los lugares, preparar el guion, encontrar el momento adecuado para grabar, comprobar el audio y conseguir imágenes que permitan construir una historia después.
Puede que estés delante de un lugar impresionante, pero en vez de limitarte a disfrutarlo estés pensando dónde colocar la cámara, cómo explicar su historia o si has grabado suficientes planos. Puede que empiece a llover justo cuando te toca hablar a cámara. O puede que hayas recorrido media ciudad para descubrir que el lugar está cerrado. Y, aun así, tienes que seguir: no solo estás viajando, también intentas crear algo que después pueda disfrutar otra persona desde su casa.
Eso tiene una parte muy bonita. Te obliga a fijarte en detalles que quizá pasarías por alto y a investigar lugares que visitarías sin conocer demasiado. Pero también tiene un precio: hay momentos en los que tienes que elegir entre disfrutar de una experiencia y conseguir las imágenes que necesitas para contarla. No siempre puedes hacer ambas cosas al cien por cien. La idea no es volver con la mayor cantidad posible de horas de grabación, sino con buenas historias y, al mismo tiempo, haber vivido el viaje.
El viaje perfecto no existe. El material para contar historias, sí
Si hubiera podido diseñar este viaje para que todo saliera perfecto, habría cambiado unas cuantas cosas. Habría organizado mejor algunos trayectos, calculado de otra manera ciertos tiempos y evitado más de un problema. Pero, si todo hubiera salido exactamente como esperaba, también me habría perdido algunas de las historias que ahora forman parte del viaje.
No habría tenido las Crocs de tres euros de Fenghuang. No habría acumulado tantas anécdotas sobre transportes, aplicaciones y planes fallidos. Eso no significa que haya que romantizar todos los problemas: una mala planificación sigue siendo una mala planificación, y perder horas por información incorrecta no tiene nada de maravilloso.
Pero, una vez que el problema ya ha ocurrido, puedes quedarte únicamente con el enfado o intentar sacar algo útil de la experiencia. Lo que en el momento fue una faena puede convertirse después en una historia entretenida para quien la vea. Eso sí, que una cagada dé para un buen vídeo no significa que mereciera la pena sufrirla. A veces, simplemente, has metido la pata. Y lo mejor que puedes hacer es aprender para la próxima.
Volver a casa también forma parte del viaje
Después de tantos días moviéndome de una ciudad a otra, la vuelta fue bastante menos cinematográfica de lo que uno podría imaginar: un vuelo, una escala, otro vuelo, el Cercanías, una conexión y una hora de retraso en el último tren. Nada de una gran escena final con música épica y una panorámica espectacular. Solo yo, cansado, intentando llegar a casa.
En la estación de Zaragoza me estaban esperando mis padres. Y ahí terminó de verdad el viaje. Aunque quizá no terminó del todo: todavía quedaba revisar las grabaciones, editar los vídeos, seleccionar las fotografías, escribir los artículos y ordenar los recuerdos. Una parte del viaje había terminado, pero otra estaba a punto de empezar: convertir todo aquello en historias que pudiera compartir.
A veces creo que viajar de esta manera consiste en hacer el viaje dos veces: primero recorriendo los lugares y después reconstruyéndolos para contarlos. La primera vez te llevas las experiencias. La segunda decides qué significaron para ti y qué merece la pena transmitir.
Entonces, ¿merece la pena hacer un viaje así?
Sí. Pero no porque todo haya salido bien, ni porque haya conseguido visitar absolutamente todos los lugares que llevaba apuntados. Merece la pena porque he podido conocer ciudades que llevaba tiempo queriendo ver, descubrir lugares que no imaginaba, aprender cosas que desconocía y enfrentarme a situaciones que me han obligado a improvisar una y otra vez.
Este ha sido mi primer gran viaje grabando de forma seria para dos canales. Seguramente habrá cosas que podría haber hecho mejor y decisiones que, con la experiencia que tengo ahora, organizaría de otra manera. Pero precisamente para eso sirven los primeros viajes: para aprender, equivocarte y descubrir qué funciona y qué no.
No me llevo una colección de días perfectos. Me llevo experiencias, algunas maravillosas y otras bastante desesperantes; paisajes, ciudades, historias y una cantidad considerable de anécdotas que probablemente seguiré contando dentro de muchos años.
No hace falta que un lugar sea exactamente como te lo habían vendido para que merezca la pena visitarlo. Shenzhen no terminó siendo la ciudad futurista que esperaba. Zhangjiajie no fue una aventura sin contratiempos. En varias ciudades tuve que cambiar mis planes y en otras me habría gustado disponer de más tiempo. Pero ninguna de esas cosas hace que el viaje deje de tener valor.
Viajar consiste precisamente en salir de lo conocido, enfrentarte a situaciones nuevas y descubrir que el mundo es bastante más complejo de lo que cabe en un vídeo de treinta segundos. Y, si además puedes grabarlo, contarlo y compartirlo, mejor todavía.
Aunque la próxima vez quizá intente encontrar las taquillas antes de empezar a grabar. Y, por si acaso, llevaré monedas. Nunca se sabe cuándo vas a necesitar pagar el metro de una ciudad del futuro.
Más de mi viaje por China
Búnker 816: fui a visitar una instalación nuclear secreta en China y acabé hasta las narices de un taxista
Una instalación nuclear secreta excavada en una montaña, un autobús que salió diez minutos antes de que llegara y un…
24 Oct 2026
Taiwán: un día en Taipéi, tofu apestoso y una cama con goteras
El retraso del vuelo me dejó un solo día para recorrer Taipéi, grabar tres vídeos y probar algunas de las…
24 Oct 2026
Un día en Dubái: del casco antiguo al Burj Khalifa
Hay ciudades que necesitan varios días para conocerlas y otras en las que, aunque solo tengas unas horas, puedes llevarte…
24 Oct 2026
Video Shenzhen
Historias de viaje sin filtros · Álvaro Escolano