Asia / China

Shanghái: un tifón, dos paraguas muertos y 40.000 pasos en Crocs

octubre 24, 2026 – 10 min de lectura

La Banda Verde, los rascacielos, la comida callejera y una ciudad que acabó pasada por agua. Suzhou se quedó para otra ocasión y mis paraguas no sobrevivieron.

Después de Zhangjiajie, rumbo a Shanghái

Después de dos días de supervivencia en Zhangjiajie, tocaba poner rumbo a Shanghái. Mi vuelo salía a las 23:30 y, aunque había un tifón acercándose a la ciudad, por suerte el avión salió sin retraso. Tras aproximadamente dos horas de vuelo, aterricé alrededor de la una de la madrugada.

El hotel estaba, cómo no, a tomar por culo del aeropuerto. Otra vez me había pasado lo mismo que en Pekín: yo pensaba que estaba más cerca, pero luego resultaba que me quedaba un buen trecho. Por suerte, ya tenía algo más de experiencia moviéndome por los aeropuertos chinos y sabía que tenía que buscar la zona de los taxis. Cogí uno que me costó unos 15 euros, llegué al hotel, hice el check-in y me fui directo a dormir.

El problema de dormir a tomar por culo

A la mañana siguiente descubrí el pequeño detalle que había pasado por alto al reservar el alojamiento: la estación de metro más cercana estaba a media hora andando. En los comentarios la gente ponía que estaba un poco lejos. ¡Un poco lejos no es media hora! Y, una vez allí, todavía me quedaba aproximadamente otra media hora hasta llegar a la zona del Bund, el famoso paseo junto al río desde el que se contemplan los rascacielos.

Mi objetivo principal era grabar un vídeo sobre la Banda Verde, una organización criminal que tuvo una enorme influencia en la historia de Shanghái. Así que me pasé buena parte del día recorriendo la ciudad, buscando lugares que incluir en el vídeo y grabando diferentes partes de la historia.

Una de las zonas por las que más me moví fue Nanjing Road, la gran calle comercial de Shanghái. La recorrí varias veces y comprobé que, además de tiendas, luces y gente, también era un lugar perfecto para poner a prueba la paciencia. Cada dos por tres se te acercaba alguien con cartelitos de relojes y otros productos falsificados. Te enseñaban las imágenes, te soltaban alguna frase e intentaban convencerte para que compraras. Después de esquivar a doscientos, acababas un poco hasta las narices. Y eso que yo no buscaba comprar absolutamente nada. Eran pesadísimos.

También recorrí la Concesión Francesa, una zona que me pareció especialmente bonita, y me acerqué a Yuyuan, con sus comercios y restaurantes tradicionales. Después crucé el río para visitar Pudong, el distrito de los grandes rascacielos, y volví al otro lado para terminar de grabar.

Probando la comida de Shanghái

Para almorzar fui a un restaurante que había visto recomendado por un youtuber. Pedí unos noodles con bolas de cangrejo y otros ingredientes que ya no recuerdo exactamente. Estaban buenísimos.

También probé los shengjianbao, unos bollitos de masa rellenos de carne que se doran por debajo en una sartén y después se terminan de cocinar con agua y una tapa. Quedan crujientes por la base y blanditos por arriba, con un relleno jugoso.

Para cenar, como estaba por Pudong, entré en un restaurante coreano y pedí un bibimbap. Iba solo, pero me sentaron en una mesa para cuatro. Me puse a comer mirando el móvil y, cuando levanté la vista, tenía enfrente a una señora mayor. A su lado había un niño pequeño y, junto a mí, otra mujer, que debía de ser su madre. Vamos, que me habían colocado al lado de una familia china y ahora compartíamos mesa.

Los tres me miraban con una mezcla de curiosidad y extrañeza. No sé qué pensarían al encontrarse con aquel extranjero comiendo solo. Yo terminé mi bibimbap, los saludé y me marché. Una cena de lo más social sin haber intercambiado prácticamente una palabra.

El Bund de noche: Shanghái entera había salido a la calle

Después de cenar volví al Bund para terminar el vídeo de la Banda Verde. Quería grabar la zona de noche, con los edificios iluminados. Lo que no esperaba era encontrarme con tantísima gente. Había colas para entrar y colas para salir; la sensación era que se había concentrado allí media Shanghái. Moverse entre la multitud era un ejercicio de paciencia, pero conseguí terminar el vídeo.

Después tocaba repetir la rutina: metro hasta donde me dejara y otra caminata de media hora hasta el hotel. Cuando estaba llegando, empezó a llover. Y no iba a ser una lluvia cualquiera.

Shanghái se prepara para el tifón

Al llegar al hotel, la lluvia empezó a caer con fuerza. Me puse a preparar el guion del vídeo que quería grabar al día siguiente. Como al final había cancelado la vía ferrata de Zhangjiajie, me había quedado sin aquel vídeo y buscaba una alternativa: hacer una excursión a Suzhou, famosa por sus canales, puentes y barrios tradicionales.

Estuve mirando los trayectos en tren, pero decidí esperar a la mañana siguiente para comprar los billetes. Si seguía lloviendo así, quizá no merecía la pena. Fue una decisión acertada.

Cuando me levanté, la lluvia era brutal. Desde la ventana podía ver la calle de enfrente con aproximadamente un palmo de agua acumulada. En redes sociales empezaban a circular imágenes de Shanghái inundada por los efectos del tifón. Por suerte, no llegué a encontrarme con las peores escenas que se estaban viendo por Internet.

Mi primera misión fue ponerme las Crocs y salir a mi siempre fiable 7-Eleven para desayunar y esperar a ver si el tiempo mejoraba. No mejoró. Descarté Suzhou: no tenía sentido hacer el trayecto en tren para acabar pasando el día bajo la misma lluvia. Si iba a visitar una ciudad famosa por sus canales, prefería hacerlo sin que las calles se convirtieran también en canales. Suzhou se quedaría para otra ocasión.

Y, para rematar, recibí un mensaje de la aerolínea: mi vuelo al siguiente destino se retrasaba seis horas. Me quedaba sin la excursión y sin una buena parte de la tarde en mi próximo destino. Un planazo.

El Tinder chino estaba cerrado

Como no quería quedarme encerrado en el hotel, volví a Nanjing Road. Uno de los lugares que quería visitar era el mercado matrimonial de People’s Park, conocido popularmente como el «Tinder chino». Los fines de semana, padres y abuelos colocan anuncios con información sobre sus hijos solteros —edad, estudios, trabajo y otros datos— para intentar encontrarles pareja. Me parecía una costumbre curiosa, pero el parque estaba cerrado por el tifón. Tampoco pude verlo.

Como alternativa, entré en el centro comercial New World Daimaru, que había visto recomendado por sus escaleras mecánicas circulares y sus ascensores panorámicos acristalados que daban a un gran espacio abierto. La verdad es que el sitio era bastante llamativo. El pequeño inconveniente era mi aspecto: imagina un centro comercial que parecía de medio lujo y, en medio de todo aquello, aparezco yo con las Crocs chapoteando, el chubasquero empapado y goteando agua por todas partes. Con el calor que hacía, ya empezaba incluso a oler a humedad. Una estampa elegante donde las haya.

Di una vuelta por el centro comercial y, cuando salí, abrí mi paraguas de un euro. Aquel paraguas me había acompañado desde Chongqing y ya le había cogido cariño. Pero una ráfaga de viento lo mandó a mejor vida. Una pena, amigo. Te fuiste demasiado pronto.

Un vídeo bajo la lluvia y un restaurante que no aparecía

Busqué otro sitio donde comprar un paraguas, comí unos fideos y me preparé para grabar un vídeo para el canal secundario sobre Shanghái. Pensé que la lluvia y el viento podían darle un toque interesante. Empecé por la zona del parque del Tinder chino, al final de Nanjing Road, pero el viento volvió a aumentar. Quería terminar en el Bund, que habría quedado genial en el vídeo, pero estaba cerrado por las condiciones meteorológicas.

Así que seguí andando hasta los jardines de Yuyuan. Aproveché para intentar encontrar un restaurante famoso donde quería comer los shengjianbao. Estuve dando vueltas con la ayuda de Amap, la aplicación de mapas que utilizaba en China, pero esta vez no estuvo especialmente inspirada. No encontré el restaurante y entré en otro que parecía parecido. Pedí los bollitos y estaban muy buenos.

Cuando salí y doblé una esquina, allí estaba el restaurante que llevaba un rato intentando encontrar. En fin. No pasa nada. Al menos había comido bien, aunque la navegación hubiera decidido gastarme una broma.

Las Crocs no están hechas para caminar 40.000 pasos

Para entonces estaba bastante cansado de la lluvia y el viento. Decidí volver al hotel, que estaba a más de una hora del centro. Las Crocs las había comprado en Fenghuang por unos tres euros, cuando se me empaparon las zapatillas. Desde entonces me habían venido fenomenal para no llevar los pies constantemente mojados.

Pero una cosa es caminar un rato con ellas y otra muy distinta pasarte el día entero recorriendo una ciudad gigantesca. Acabé con tiritas en todos los dedos y con media planta de los pies hecha polvo. Las Crocs son estupendas para no mojarte las zapatillas, pero no están diseñadas para caminar más de 40.000 pasos en un día. O, al menos, no las mías.

Por si no había tenido suficiente con el primer paraguas, cuando estaba casi llegando al hotel una ráfaga de viento acabó también con el segundo. Lo siento, amigo. A ti no te tenía tanto cariño.

Llegué por fin al hotel, organicé la maleta y las mochilas y esperé a que el tiempo mejorara lo suficiente para salir hacia el aeropuerto. Aproveché una tregua de unos veinte minutos para acercarme todo lo que pude a la estación, porque por aquella zona no encontraba taxis disponibles. Es curioso: cuando no necesitas uno, parece que están por todas partes, pero cuando te hace falta de verdad, desaparecen.

Rumbo a Taiwán, con unas cuantas horas de retraso

Finalmente conseguí llegar al aeropuerto. Mi vuelo ya acumulaba un retraso inicial de seis horas. Cuando parecía que por fin iba a terminar aquella jornada, todavía se retrasó otra hora más. Y durante el vuelo hubo una maniobra que hizo que el trayecto terminara alargándose aproximadamente otra hora.

A esas alturas ya había perdido la cuenta de las horas que había dejado de disfrutar en mi siguiente destino. Pero, por fin, estaba de camino a Taipei, Taiwán, el país número 62 de mi viaje.

Shanghái me dejó una mezcla de sensaciones: una ciudad fascinante, buena comida y un vídeo sobre la Banda Verde que había conseguido grabar. Pero el tifón se llevó por delante la excursión a Suzhou, el mercado matrimonial y dos paraguas. Las Crocs salvaron mis zapatillas, aunque mis pies acabaron pagando la factura.

Ahora tocaba dejar atrás la lluvia y volar a Taiwán. Lo que no sabía era que el viaje todavía me guardaba algún que otro contratiempo.


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