Búnker 816: fui a visitar una instalación nuclear secreta en China y acabé hasta las narices de un taxista
Una instalación nuclear secreta excavada en una montaña, un autobús que salió diez minutos antes de que llegara y un taxista llamado Charlie que no dejaba de repetir «Charlie good guy». Visitar el búnker 816 fue espectacular; llegar hasta allí, otra historia.
Hay lugares que descubres por casualidad viendo un vídeo y que, en cuanto los ves, piensas: «Hostia, yo tengo que ir ahí». Eso me pasó con el búnker 816, una gigantesca instalación nuclear subterránea escondida en las montañas de China, que permaneció en secreto durante décadas y que hoy se puede visitar parcialmente.
El problema es que llegar hasta allí resultó bastante más complicado de lo que esperaba. Entre autobuses que no existían cuando los necesitaba, información que no cuadraba y un taxista que parecía haberse propuesto pasar conmigo todo el día, la excursión terminó convirtiéndose en una aventura de las buenas.
Pero vamos por partes, porque el lugar merece la pena y la historia tiene tela.
Rumbo a Fuling: todo parecía bastante sencillo
Después de mi última noche en Chongqing, me levanté, desayuné y me preparé para visitar el búnker 816. El día anterior había comprado los billetes de tren para ir hasta Fuling, una ciudad situada dentro de la municipalidad de Chongqing.
Había estado buscando información por internet y, por lo que había leído, el plan parecía bastante fácil: cogías un tren hasta Fuling y, desde la estación, había un autobús lanzadera que te llevaba directamente al búnker. Como el trayecto hasta allí era de aproximadamente una hora, tampoco parecía necesario madrugar una barbaridad.
Así que me cogí un tren que salía a las 9:46 y llegaba a Fuling sobre las 10:30. Todo controlado, ¿no?
Pues no.
Llegué a la estación, salí y, prácticamente nada más poner un pie fuera, apareció un chino que empezó a hablarme en inglés.
—¿Vas al búnker? Yo te llevo.
Curiosamente, el hombre también se llamaba Charlie, igual que el guía de la Gran Muralla. Parece que en China todos los personajes secundarios de mis viajes habían decidido llamarse igual.
El caso es que yo, cuando alguien se me acerca de esta manera ofreciéndome algo insistentemente, me pongo bastante a la defensiva. No sé si será una manía mía, pero en cuanto alguien empieza con el «ven, que yo te llevo», «no te preocupes, amigo» y «yo te ayudo», me sale automáticamente el rechazo.
Así que le dije que no. Una vez, dos veces, tres veces… Las que hicieran falta.
Bajé hacia la zona de autobuses convencido de que encontraría el que había visto mencionado en internet. Charlie, sin embargo, seguía detrás de mí asegurando que no había ningún autobús directo al búnker.
—No hay autobuses. Yo te llevo.
—Que sí, hombre, que he leído que hay uno.
—Con el autobús normal vas a tardar tres horas.
—Que hay uno directo.
Y así estuvimos un rato, cada uno convencido de tener razón. Hasta que llegué a la zona de autobuses, miré alrededor y… no encontré nada.
Volví a consultar la información y entonces llegó el momento de acordarme de todos los santos: el último autobús salía a las 10:20 y yo había llegado a las 10:30.
Diez minutos. Por diez minutos me había quedado sin el autobús que necesitaba.
Lo peor es que había preguntado antes, había consultado distintas fuentes y había organizado el viaje pensando que no habría problema. Podría haber cogido un tren anterior y haber llegado a tiempo, pero a esas alturas ya no tenía mucho que hacer.
Y allí estaba yo, en una estación china, sin el autobús que necesitaba y con Charlie a mi lado repitiendo que él podía llevarme.
Al final, no me quedó otra que negociar con él.
Charlie, la música española y los 80 yuanes
Acordamos que me llevaría hasta el búnker por 80 yuanes, unos 10 euros al cambio aproximado.
Hasta ahí, bueno, podía aceptarlo. El problema vino cuando vi el coche.
Yo había visto coches bastante modernos por China, así que, cuando me encontré delante de aquel vehículo, pensé: «Madre mía, ¿dónde me estoy metiendo?».
El coche estaba hecho polvo. No tenía precisamente la pinta de ser el vehículo oficial de una excursión organizada.
Pero tampoco tenía demasiadas alternativas, así que me subí.
Charlie me preguntó de dónde era y, cuando le dije que de España, decidió amenizar el viaje poniéndome música española. Y no cualquier cosa: empezó a sonar reguetón y más música latina, como si hubiera preparado una lista de reproducción especial para turistas españoles.
Pero lo mejor era que, entre canción y canción, el hombre tenía una frase que repetía constantemente:
—Charlie good guy, Charlie good guy.
Vamos, que Charlie era un buen tío. O eso quería dejarme claro repitiéndome su propio nombre una y otra vez.
La situación ya tenía su punto surrealista. Yo había intentado librarme del hombre por todos los medios y ahora estaba sentado en su coche, camino de una instalación nuclear secreta, escuchando reguetón en mitad de las montañas chinas mientras mi conductor me recordaba constantemente lo buena persona que era.
Y claro, cuanto más me lo repetía, más nervioso me ponía. No sé si era consciente de que estaba consiguiendo justo lo contrario de lo que pretendía. Yo solo quería llegar al búnker, grabar mi vídeo y tener un poco de tranquilidad.
Durante el trayecto, además, Charlie volvió a intentarlo.
—Amigo, ¿te importa pagarme 100 yuanes en lugar de 80? Está muy lejos.
—No. Hemos acordado 80 y te pago 80.
—Ah, vale, vale.
Pues eso. Ochenta yuanes eran ochenta yuanes. Si habíamos acordado un precio, no entendía por qué tenía que cambiarlo cuando ya estábamos llegando.
Al cabo de aproximadamente una hora, alcanzamos la zona del búnker. Yo ya estaba pensando en entrar, grabar todo lo que necesitara y olvidarme un rato de los problemas del transporte.
Pero Charlie tenía otros planes.
—No te preocupes, amigo. Yo te espero aquí y después te llevo de vuelta a la ciudad por otros 80 yuanes.
Y yo, que ya estaba bastante harto de él, le dije que no. Quería visitar el complejo a mi ritmo, grabar todo lo que necesitara y no tener que estar pendiente de que un taxista me estuviera esperando fuera.
—No, no, yo te espero lo que haga falta.
—Que no, que no hace falta.
—Yo te espero.
—Que no quiero que me esperes.
Y así sucesivamente.
Al final, me bajé del coche con la esperanza de que aquello hubiera terminado. Incluso me fijé en dónde lo había aparcado, por si acaso necesitaba volver a localizarlo.
Qué iluso. Todavía me quedaba Charlie para rato.
El búnker 816: una ciudad subterránea escondida en una montaña
Antes de entrar, pasé por el centro de visitantes, compré la entrada y pregunté a una chica de información cómo podía volver después a Fuling. Le expliqué que había llegado con un taxista que se había ofrecido a llevarme, pero que no quería depender de él para regresar.
La chica fue muy amable. Me dijo que no me preocupara, que visitara el complejo tranquilamente y que, cuando volviera, me explicaría cómo regresar a la ciudad.
Perfecto. Por fin alguien que parecía dispuesto a ayudarme sin intentar llevarme a ninguna parte por dinero.
Así que entré y me olvidé del transporte durante un rato.
Y menos mal, porque lo que encontré dentro fue espectacular.
El búnker 816, también conocido como Proyecto 816, es una enorme instalación subterránea construida durante la Guerra Fría para producir plutonio destinado al programa nuclear militar chino. Las obras comenzaron en 1966, en un contexto de tensión internacional y deterioro de las relaciones entre China y la Unión Soviética. El objetivo era levantar una instalación estratégica escondida dentro de una montaña.
Y cuando digo enorme, no me refiero a un par de túneles con algunas habitaciones. El complejo se extiende a lo largo de más de 20 kilómetros y cuenta con 18 grandes cavernas, además de una auténtica red de túneles, galerías y conductos. La gran sala del reactor alcanza casi 80 metros de altura.
Es una auténtica barbaridad.
La sensación que tuve al entrar fue la de estar recorriendo una fábrica gigantesca abandonada, pero excavada dentro de una montaña. Todo tiene unas dimensiones difíciles de asimilar cuando estás allí, y cuesta imaginar la cantidad de trabajo que hizo falta para construir algo así.
Porque sí, buena parte de la instalación se excavó directamente en la roca. Miles de trabajadores participaron en la construcción, en un proyecto rodeado de un secretismo extraordinario.
Lo más curioso es que el complejo nunca llegó a funcionar como estaba previsto. En 1984 se canceló el proyecto cuando la construcción estaba muy avanzada, pero los reactores nunca llegaron a ponerse en funcionamiento.
Después de tantos años de trabajo, aquella enorme instalación nuclear se quedó sin cumplir su objetivo original.
Y eso le da al lugar un punto todavía más extraño. Estás caminando por una instalación concebida para una posible guerra nuclear, pero que nunca llegó a producir el material nuclear para el que había sido diseñada.
Dentro puedes ver distintas zonas, recreaciones y elementos que ayudan a entender cómo habría funcionado la instalación, incluidas representaciones del combustible y del sistema de producción. No estás viendo una central nuclear en funcionamiento, sino los restos de un proyecto que se quedó a medio camino.
Además, hay un detalle importante: solo una parte del complejo está abierta al público. Hay zonas restringidas a las que no puedes acceder, así que lo que ves durante la visita es solo una pequeña parte de todo lo que existe dentro de la montaña.
El proyecto permaneció clasificado como secreto durante décadas. Su existencia se hizo pública en 2002 y comenzó a recibir visitantes en 2010. Hasta entonces, toda aquella infraestructura había permanecido prácticamente fuera del conocimiento público.
Y aquí es donde piensas en la gente que trabajó allí. El secretismo era tan extremo que muchos trabajadores no podían contar a sus familias dónde estaban destinados ni en qué consistía exactamente su trabajo. La propia población de la zona desconocía durante años la verdadera naturaleza del proyecto.
Imagínate trabajar durante años excavando una montaña, participar en una obra de dimensiones descomunales y tener que guardar silencio sobre lo que estás haciendo. Es una parte de la historia que me parece casi tan impresionante como la propia instalación.
Yo había descubierto el lugar viendo un vídeo por internet y, en cuanto vi aquellas galerías y aquella sala gigantesca, pensé que tenía que visitarlo y grabarlo para mi canal principal. Y, después de estar allí, puedo decir que fue una decisión totalmente acertada.
El búnker 816 es uno de los lugares más impactantes que he visitado en mi vida. No solo por su tamaño, sino por la historia que hay detrás y por lo desconocido que sigue siendo para mucha gente que viaja a China.
Precisamente por eso me apetecía tanto hacer el vídeo. No es el típico monumento que aparece en todas las guías ni un lugar al que uno llega por casualidad mientras visita los sitios más famosos de una ciudad. Está apartado, tiene una historia fascinante y, cuando estás dentro, cuesta creer que todo aquello se construyera en secreto.
Vídeo del canal principal
Añadir aquí el reproductor o enlace al vídeo sobre el búnker 816 cuando esté publicado.
Después de grabar todo lo que pude, regresé al centro de visitantes. Y entonces, claro, volvió a aparecer el problema que llevaba intentando evitar desde que había llegado a Fuling.
Charlie.
La chica que intentó ayudarme y el taxista que no aceptaba un no por respuesta
Cuando salí del búnker, me encontré con Charlie esperándome por allí. Efectivamente, había aparcado el coche y se había quedado esperando, a pesar de que yo le había dicho veinte veces que no hacía falta.
Yo quería ir a Baitao, el pueblo de la zona, porque también había leído que allí vivía gente vinculada a la historia del complejo. Me interesaba grabar un poco del lugar, no limitarme a entrar en el búnker y volverme directamente a Fuling.
Pero, claro, volvía a tener el mismo problema: ¿cómo llegaba hasta allí?
Según la información que había encontrado, existía un autobús que conectaba el búnker con el pueblo. Charlie insistía en que no había ningún autobús y que no podía ir por mi cuenta. Yo ya no sabía si no había autobuses, si los había pero no los encontrábamos o si el hombre simplemente quería asegurarse de que no me escapara de su coche.
Así que volví al centro de visitantes y hablé otra vez con la chica de información. Le expliqué lo que quería hacer y, muy amablemente, me dijo que ella vivía cerca de Baitao. Podíamos coger el autobús juntos, me indicaría dónde tenía que bajarme y después ella continuaría hasta su casa.
¡Perfecto! Por fin parecía que había encontrado una solución sin tener que contratar otra vez al taxista.
Salimos a esperar el autobús. Pasaban los minutos y no aparecía. La chica consultó las rutas en una aplicación china y empezó a comprobar qué estaba pasando. Mientras tanto, Charlie seguía por allí, y la situación se complicó todavía más porque la chica empezó a discutir con él en chino.
Por lo que pude entender, ella consideraba que me estaba cobrando demasiado y que aquello no estaba bien. Charlie, por su parte, intentó rebajar el precio: que si por 60 yuanes me llevaba, que si esto, que si lo otro…
Vamos, un pifostio considerable.
Al final, el taxista se marchó enfadado. Yo pensé que, por fin, me había librado de él. La chica y yo seguimos esperando el autobús, pero nada. No llegaba.
Y entonces, cuando ya llevaba un rato pensando que aquello no podía ir peor, apareció otra vez Charlie con su coche.
—Venga, amigo, sube. Yo os llevo.
Yo ya no sabía ni qué hacer.
¡Otra vez el puto Charlie!
Pero la chica, que quería ayudarme y también tenía que regresar hacia aquella zona, acabó subiéndose al coche. Y yo, viendo que no había manera de solucionar el asunto por otra vía, terminé haciendo lo mismo.
Así que allí estábamos los tres: el taxista, la chica de información y yo. Una especie de excursión improvisada que no había planeado nadie, pero que parecía la única forma de que yo pudiera hacer lo que quería.
Baitao: por fin pude grabar lo que había venido a buscar
El viaje hasta Baitao fue largo. Yo ya estaba bastante saturado, pero al menos iba a poder visitar el pueblo y grabar las imágenes que me faltaban.
Al llegar a Baitao, pude hacer lo que tenía pensado: pasear un poco por la zona y grabar algunos planos. Quería completar el vídeo y enseñar algo más que el interior del búnker, porque toda aquella historia también estaba relacionada con el lugar en el que se construyó el complejo y con la gente que vivía y trabajaba allí.
Charlie se quedó esperándome mientras grababa. La chica también estaba con nosotros, así que aproveché el tiempo para hacer lo que necesitaba sin tener que preocuparme por el transporte.
Una vez terminé, volvimos a subir al coche. El taxista dejó primero a la chica cerca de su casa y después continuó conmigo hasta la estación de Fuling.
Al final, el hombre que había intentado evitar desde el primer minuto me había llevado al búnker, me había esperado mientras grababa, me había trasladado hasta Baitao y me había devuelto a la estación.
Y todo por un precio que recuerdo que rondaba los 30 euros en total, aunque no me acuerdo de la cantidad exacta en yuanes.
La verdad es que, si lo miro fríamente, terminó sacándome de un buen apuro. Sin él, quizá habría tenido que renunciar a visitar Baitao o habría perdido todavía más tiempo buscando un autobús que no aparecía.
Pero eso no quita que me pusiera de los nervios.
Hay gente que intenta ayudarte y te deja espacio para que decidas si quieres aceptar esa ayuda. Y luego está Charlie, que parecía incapaz de entender que, aunque su intención fuera buena, yo necesitaba que me dejara un poco tranquilo.
Durante todo el recorrido no paró de hablarme y de poner música latina. Y seguro que, si le preguntabas, él seguía convencido de que era un buen tío. Al fin y al cabo, me lo había repetido hasta la saciedad: «Charlie good guy».
Pero yo ya estaba hasta las narices de escuchar reguetón, de repetirle que no necesitaba nada y de tener que negociar cada movimiento.
Eso sí, al final la historia terminó con final feliz. Más o menos.
«¿Cuánta gente vive en Fuling? ¿Dos millones?»
Cuando regresábamos a la estación, Charlie empezó a hablarme de Fuling y de la ciudad. Me preguntó qué me parecía y le dije que se veía bastante grande.
Entonces me contestó que no, que era una ciudad pequeña.
Yo le pregunté cuánta gente vivía allí.
—Dos millones.
Y yo me quedé mirándolo.
—¿Dos millones de personas y te parece una ciudad pequeña?
—Para China, sí.
Pues nada. Dos millones de habitantes y aquello era un pueblo pequeño, prácticamente.
Después de tantos días recorriendo China, ya empezaba a entender que las escalas allí son un poco diferentes a las nuestras. Pero aun así, la respuesta me dejó bastante loco.
Finalmente llegamos a la estación y yo ya estaba deseando despedirme de Charlie y salir corriendo. Pero el hombre todavía quería acercarme a la puerta, llevarme hasta no sé dónde y seguir ayudándome.
Hasta que llegó un momento en el que le dije, más o menos, que por favor me dejara tranquilo.
Creo que por fin entendió el mensaje. Me puso mala cara, me indicó por dónde tenía que ir y nos despedimos.
Y ahí sí: se acabó Charlie.
Por fin.
Noodles al estilo Chongqing y una última noche antes de marcharme
Después de toda la aventura, encontré un puesto de noodles y me pedí unos fideos al estilo Chongqing. Y, oye, estaban buenísimos.
Después de un día en el que había tenido que pelearme con los horarios, el transporte, las indicaciones y un taxista que parecía pegado a mí con pegamento industrial, sentarme a comer tranquilo fue casi una experiencia espiritual.
Después cogí el tren de vuelta a Chongqing y regresé al hotel. Cuando llegué, estaba completamente saturado. Me tumbé un rato para descansar y desconectar de todo lo que había pasado durante el día.
Mi plan era sencillo: recuperar fuerzas y, como al día siguiente me marchaba de Chongqing, salir a dar una última vuelta para despedirme de la ciudad.
Sobre las ocho de la tarde volví a salir. Quería acercarme a Hongya Dong, pasear por la zona y disfrutar un poco de la ciudad sin tener que ir pendiente de grabar nada en concreto.
Como ya había estado allí el día anterior, pensé que me conocía la zona lo suficiente como para moverme sin mirar el mapa constantemente.
Error.
Otra vez empecé a caminar, a girar por calles que parecían llevarme hacia donde quería ir y a descubrir que, en realidad, no tenía ni idea de dónde estaba. Chongqing tiene una capacidad especial para hacerte creer que sabes adónde vas y demostrarte, diez minutos después, que estás completamente perdido.
Di vueltas, me metí por calles equivocadas y acabé caminando bastante más de lo que tenía previsto. Lo que iba a ser un paseo tranquilo para despedirme de la ciudad se convirtió, una vez más, en una pequeña expedición.
Al final, entré por la puerta del hotel a la una de la mañana.
Había salido sobre las ocho de la tarde para dar una vuelta y terminé regresando cinco horas después, después de perderme otra vez por la ciudad.
No sé ni cuántas vueltas di. Solo sé que estaba reventado y que al día siguiente tocaba levantarse y continuar el viaje.
Así terminó mi aventura por Chongqing: con una excursión alucinante al búnker 816, un taxista que me sacó de quicio, unos noodles buenísimos y una última caminata en la que volví a demostrar que, por mucho que crea que ya conozco una ciudad, siempre puedo acabar perdido.
¿Mereció la pena visitar el búnker 816?
Sin ninguna duda.
La organización del viaje fue un desastre por momentos, y la información que había encontrado sobre los autobuses no me sirvió para resolver el trayecto como esperaba. Si volviera, intentaría comprobar los horarios directamente con fuentes locales y organizaría el transporte de ida y vuelta antes de salir. Me habría ahorrado bastantes nervios.
Pero el búnker 816 me pareció una auténtica barbaridad. Es uno de esos lugares que se quedan contigo, tanto por sus dimensiones como por la historia que esconden. Pensar que miles de personas excavaron semejante complejo dentro de una montaña, trabajando en secreto durante años, y que finalmente nunca llegó a cumplir su función original resulta difícil de asimilar.
Además, es una visita que se sale bastante de la ruta habitual por China. No es el típico lugar que todo el mundo incluye en su itinerario, y precisamente por eso me apetecía tanto conocerlo y grabarlo.
Y respecto a Charlie… bueno, al final me ayudó. Eso hay que reconocérselo. Pero también puedo decir que hacía tiempo que no deseaba tanto bajarme de un coche y quedarme a solas.
A veces, viajar consiste en descubrir lugares increíbles. Otras veces, en aprender que deberías haber cogido un tren más temprano. Y, de vez en cuando, en escuchar reguetón durante horas con un desconocido llamado Charlie mientras intentas llegar a un búnker nuclear secreto.
China, desde luego, no deja de sorprenderme.
También en este viaje
Más de mi viaje por China
Un día en Dubái: del casco antiguo al Burj Khalifa
Hay ciudades que necesitan varios días para conocerlas y otras en las que, aunque solo tengas unas horas, puedes llevarte…
24 Oct 2026
Shanghái: un tifón, dos paraguas muertos y 40.000 pasos en Crocs
La Banda Verde, los rascacielos, la comida callejera y una ciudad que acabó pasada por agua. Suzhou se quedó para…
24 Oct 2026
Chongqing: la ciudad que me enamoró aunque no entendí una mierda
Un desayuno contrarreloj, una cena en el restaurante más grande del mundo y una ciudad en la que caminar diez…
24 Oct 2026
Vídeos relacionados
Más historias de China, contadas en primera persona.