Zhangjiajie: las montañas de Avatar y dos días de supervivencia
Fui a ver las montañas de Avatar, pero entre los autobuses infernales, el mareo, las colas, la lluvia y las odiseas de transporte, Zhangjiajie acabó convirtiéndose en una prueba de supervivencia. Al menos, los paisajes eran una barbaridad.
Llegué a Zhangjiajie y mi cuerpo dijo basta
Después de pasar por Fenghuang, tocaba volver a Zhangjiajie. El tren era bastante barato: calculo que unos 10 €, y el trayecto duraba entre cincuenta minutos y una hora. Al llegar cogí un autobús que me dejaba prácticamente en la puerta del alojamiento. Había elegido el hotel precisamente por su ubicación, justo enfrente de la zona desde la que se subía en teleférico a la montaña de Tianmen.
Mi idea era aprovechar aquella misma tarde para visitar Tianmen. No tenía la entrada comprada porque todavía estaba dudando, pero creía que podía llegar a tiempo: la última entrada era, si no recuerdo mal, sobre las cinco y pico, y se podía estar dentro hasta las seis. Llegué al hotel sobre las dos o las tres, dejé la maleta y pensé que me tumbaría un momento antes de salir.
Ja. «Un momento» mis narices. Llevaba días enlazando trenes, desplazamientos, grabaciones y problemas varios. Me quedé dormido como un tronco y, cuando abrí los ojos, eran las siete de la tarde. Tianmen quedaba oficialmente descartada por ese día. Salí a dar una vuelta por los alrededores, cené algo y regresé al hotel, que en realidad era como una casa particular gestionada por una pareja muy maja. Los dos estaban muy predispuestos a ayudar y, como casi todo el mundo que llega allí va a las montañas, enseguida me preguntaron qué itinerario tenía pensado.
La entrada que reservé a última hora
Les conté que al día siguiente quería visitar las montañas de Avatar y que, para el día posterior, tenía reservada una vía ferrata que se anunciaba como la más extrema del mundo. Después tenía un vuelo a las once de la noche, así que en teoría disponía de todo el día para hacerla. El problema era que todavía no había comprado la entrada para el parque de Avatar. No voy a poner excusas: lo había ido dejando y se me había olvidado un poco el tema.
Los dueños me avisaron de que podía quedarme sin entrada porque se agotaban. Me metí en Trip y, efectivamente, solo quedaba la opción C. Para visitar el parque había distintas opciones —A, B y C— con entradas y recorridos diferentes. La C era la peor distribuida para mi caso: empezaba en una zona bastante alejada, a una hora y media en coche desde donde me alojaba, y no había transporte público que me llevara directamente. Además, la entrada tenía una franja horaria estricta: había que llegar entre las siete y las ocho de la mañana.
Así que tocaba madrugar muchísimo y buscar un coche para llegar hasta allí. Compré la entrada, puse la alarma y me fui a dormir pensando que, al menos, el día siguiente sería de montañas espectaculares. Todavía no sabía el recibimiento que me esperaba.
El Didi que cambió el precio a mitad de camino
Salí muy temprano y pedí un Didi. El conductor me dijo que me llevaba por 100 yuanes. Me pareció bien, subí y nos pusimos en marcha. Todo correcto… hasta que, cuando ya estábamos en mitad de la nada, el hombre paró en el arcén y me soltó que, si quería que me llevara hasta la entrada, tenía que pagarle otros 50 yuanes.
Su argumento era que aquello estaba lejísimos y que luego no iba a poder recoger a nadie para volver, así que haría el viaje de regreso vacío. Puedo entender que el trayecto no le compensara, pero las condiciones se hablan antes, no cuando ya estás en medio de la nada y no tienes forma realista de buscar otro coche. Si me decía eso al principio, yo decidía si me interesaba o no. Allí, en cambio, si me negaba podía dejarme tirado y perder la entrada por la que acababa de pagar.
Al final acabé pagando 150 yuanes, unos 20 € al cambio, aproximadamente. El suplemento quedó incluido en el importe final de Didi, así que tampoco pude hacer mucho más. No me gustaron nada las formas. Entiendo su punto, pero no que me cambiara el trato cuando ya no tenía alternativa. Y así, con el cabreo mañanero correspondiente, llegué por fin a la entrada norte del parque.
Las montañas de Avatar y el autobús del infierno
El parque era impresionante. De esos paisajes que te hacen entender por qué la gente viaja hasta allí y por qué se relaciona con las montañas de Avatar. El problema fue la manera de recorrerlo. Para desplazarte entre las diferentes zonas hay que usar autobuses lanzadera porque el recinto es enorme, y aquellos autobuses iban dando unas curvas que parecían diseñadas para comprobar cuánto aguanta el estómago humano.
Si has visto Harry Potter y el prisionero de Azkaban, recuerda la escena del principio en la que Harry viaja en el autobús mágico, que se mete por todas partes a una velocidad absurda. Pues imagínate algo parecido, pero tú sentado dentro. No había cinturones; en su lugar, el conductor insistía en que bajáramos el reposabrazos. Al principio pensé que sería una norma más. Luego entendí el motivo: con aquellos giros tan bruscos, como no te sujetaras, salías disparado por el pasillo.
Me puse malísimo. El conductor empezó a pasar bolsas para vomitar hacia atrás porque no era el único que lo estaba pasando mal; otro pasajero chino también se mareó. Entre las curvas, el vértigo que me dan las alturas y las vistas desde algunos puntos, mi cuerpo decidió que aquello no era un día de turismo, sino una prueba de resistencia.
Aun así, conseguí recorrer parte del parque y grabar el vídeo principal, en el que contaba la historia del lugar y del hombre que le dio nombre. Visualmente era una pasada, aunque estaba llenísimo de gente, tanto chinos como extranjeros. Quería grabar también un vídeo caminando por el parque, pero después de unos veinte minutos tuve que dejarlo. Me encontraba demasiado mal para seguir. Aquel día me conformé con las vistas y con el vídeo principal; no estaba para más.
El ascensor Bailong y el niño que me ofreció comida
Mi plan inicial era bajar andando, pero llegué a la zona del ascensor Bailong, el enorme ascensor exterior del parque, y estaba tan mareado que descarté la caminata. Pagué los nueve euros que costaba y me fui a hacer cola. Error: había una cantidad de gente descomunal. El ascensor tiene capacidad limitada —recuerdo que cabían unas veinte o veinticinco personas por turno, al ser una estructura de dos niveles— y allí parecía que miles de personas querían bajar a la vez.
Estuve cerca de dos horas esperando. En la cola tenía delante a una familia con un chaval que de vez en cuando me miraba con curiosidad. Como me ha pasado otras veces en China, parecía que quería decirme algo, pero no se atrevía demasiado. En un momento dado yo ya estaba tan hecho polvo que me agaché, casi de rodillas, para descansar como podía. El chico me tocó en la espalda y me ofreció unos snacks que estaba comiendo.
Me hizo gracia y, a la vez, me pareció un detalle muy bonito. Yo estaba allí doblado, con una cara que debía de ser un poema, y aquel chaval decidió compartir su comida conmigo. Entre el mareo y el cansancio, fue uno de esos gestos pequeños que te alegran un poco un día horrible. Después de casi dos horas, por fin pude bajar. También vi la entrada oficial del parque, que era muy chula, pero todavía me quedaba otra misión: encontrar la manera de volver al hotel.
Encontrar el autobús de vuelta fue otra aventura
No tenía claro dónde se cogía el autobús de regreso. Pregunté a varios conductores de autobuses turísticos y todos me indicaban que siguiera más adelante. Acabé en una rotonda enorme, donde supuestamente pasaba una línea regular, pero yo no sabía qué aspecto tenía el vehículo. Por allí había un agente de tráfico y le pregunté. Me dijo que buscara uno azul.
Así que cada vez que aparecía un autobús medio azul, preguntaba si era el mío. «No, ese no». «Ese tampoco». Después de varios intentos, descubrí que el transporte era más bien una furgoneta grande, conducida por una señora con un aire un poco hippie que también parecía tener bastante prisa por llegar a su destino. Me senté como pude y aguanté otra hora de curvas, intentando sobrevivir hasta el hotel.
Cuando por fin llegué, estaba destrozado. Solo había desayunado, no había comido por miedo a vomitar durante los trayectos y llevaba todo el día con un mareo tremendo. Y lo mejor era que al día siguiente tenía reservada una vía ferrata extrema. En ese momento, sinceramente, estaba en la mierda.
La vía ferrata de 100 € se quedó sin hacer
A la mañana siguiente me levanté todavía regular. No estaba tan mal como el día anterior, pero tampoco me encontraba bien. Además, estaba algo nublado. La vía ferrata me costaba unos 100 € y yo quería grabar un vídeo de la experiencia, pero empecé a darle vueltas: me daba miedo, podía haber bastante gente, seguía encontrándome mal y el tiempo tampoco acompañaba.
Si me hubiera costado 20 €, quizá habría ido igualmente y me habría quitado la espinita. Pero por 100 € no me apetecía arriesgarme a pasarlo fatal, no disfrutarlo y acabar con un vídeo que tampoco me convenciera. Así que decidí cancelar el plan e ir a visitar la montaña de Tianmen. Me dio rabia, claro, pero creo que fue lo más sensato. No todo hay que hacerlo por narices, sobre todo si te va a costar una pasta.
Tianmen: ruta C, escaleras infinitas y un Burger King en la cima
El centro de visitantes estaba justo enfrente del alojamiento, así que fui a comprar una entrada para Tianmen. Como había dejado la decisión para última hora, otra vez solo quedaba la ruta C, la opción menos flexible. En lugar de subir en el teleférico principal o utilizar otras alternativas incluidas en otros recorridos, tenía que coger un autobús lanzadera. Este me dejaba en una zona desde la que se tomaba un teleférico más corto y, después, tocaba atravesar seis o siete tramos de escaleras mecánicas para llegar a la zona de la Puerta del Cielo.
Una cosa que conviene saber de estos parques es que comprar la entrada al recinto no siempre significa tener acceso a todo lo que hay dentro. Hay diferentes rutas, y algunas atracciones o transportes se pagan aparte o vienen incluidos solo con determinadas entradas. Si no conoces bien cómo funciona, puedes acabar haciendo cola para una zona a la que tu billete no te da acceso. A mí me pasó: hice cola para una parte del recorrido y, cuando me di cuenta de que mi entrada no servía para aquello, me tocó dar media vuelta. Bueno, te vas y ya está, pero da bastante rabia.
Por suerte, ese día iba con tiempo y sin prisa, así que recorrí la montaña tranquilamente. La famosa Puerta del Cielo y sus 999 escalones impresionan, y los escalones son bastante más empinados de lo que parecen en las fotos. Cuando llegas arriba, después de todo el esfuerzo, lo primero que te recibe es una zona de restauración con un cartel enorme de Burger King. Estas cosas me hacen mucha gracia: estás en una montaña espectacular, en un lugar que parece sacado de una película, y de repente tienes una cadena de comida rápida saludándote a lo grande.
Me paré a comer algo y durante el recorrido me encontré con un montón de gente que llevaba la camiseta de España del Mundial. Yo también llevaba la mía, así que nos íbamos saludando al cruzarnos, como si nos conociéramos de toda la vida. En una de esas, un chino que estaba haciendo un streaming en español me vio la camiseta y me paró para preguntarme si quería salir en directo. Le dije que sí. Me soltó un chiste malo en español, yo me reí más o menos por educación y él se partió de risa como si acabara de hacer el monólogo del año. Nos saludamos y seguí a lo mío. Una interacción breve, pero muy simpática.
Otra cola, lluvia y los 999 escalones resbaladizos
Terminé de recorrer la montaña y, cuando me dispuse a salir, me encontré con otra cola enorme. No llegaba al nivel de la del ascensor Bailong del día anterior, pero seguía siendo considerable. Estuve alrededor de una hora esperando hasta que por fin pude empezar a bajar por las escaleras mecánicas.
Y, por supuesto, empezó a llover. Porque parece que en esta parte de China la lluvia había decidido acompañarme a todas partes. Al llegar a la zona de los 999 escalones, la bajada se complicó un poco: los peldaños estaban resbaladizos y había que ir con cuidado. Por suerte, no hubo que lamentar víctimas, ni por mi parte ni por la gente que vi. Jajaja. Después tocó volver a coger el teleférico corto y el autobús hasta el centro de visitantes.
Ya de vuelta, di una última vuelta por la zona para comprar algunos recuerdos y cené en un puesto de una señora. El local no inspiraba demasiada confianza en cuanto a higiene, para qué engañarnos, pero la comida estaba buenísima. A esas alturas ya había aprendido que las apariencias no siempre lo dicen todo.
La odisea final: llegar al aeropuerto
Recogí las maletas, me despedí de la pareja que llevaba el alojamiento —que se había portado muy bien conmigo— y me dispuse a encontrar el autobús al aeropuerto. Y ahí empezó la última aventura del viaje. Según Amap, la parada estaba en un punto que parecía lógico. Fui, esperé un rato y no aparecía ningún autobús.
Le pregunté a una señora que estaba por allí, pero no veía bien lo que le enseñaba en el móvil. Así que acabé haciendo gestos como un mimo: señalaba la maleta, imitaba un avión y trataba de explicarle adónde quería ir. Por suerte, me entendió. La parada no estaba allí, sino en la calle paralela. Gracias, Amap, una vez más.
El autobús todavía tardó un rato en llegar y, cuando fui a pagar, me pasó lo mismo que en Chongqing: no conseguí hacerlo. Le pedí a un pasajero que me pagara el billete y le dije que después le daba el dinero. Muy amablemente me respondió que no hacía falta. No sé qué cara de desesperación llevaría, pero aquel hombre decidió invitarme y me solucionó otro pequeño marrón.
Por si faltaba algo, a mitad de camino el autobús se averió y nos quedamos parados. Menos mal que llevaba tiempo de sobra y que el siguiente llegó pronto. Después de todo lo que había pasado, lo último que necesitaba era perder el vuelo. Al final conseguí llegar al aeropuerto de Zhangjiajie y coger mi vuelo de las 23:30 rumbo a Shanghái.
Un lugar espectacular y dos días para el recuerdo
Zhangjiajie me dejó una sensación bastante contradictoria. Las montañas son impresionantes y entiendo perfectamente que sean uno de los grandes atractivos de China. Tianmen también me gustó mucho y pude recorrerla con calma. Pero mi experiencia estuvo marcada por los mareos, el vértigo, la masificación, las colas, los problemas de transporte y una sucesión de imprevistos que parecía no terminar nunca.
También hubo momentos muy buenos: la pareja del alojamiento, el chico que me ofreció sus snacks cuando me vio hecho polvo, el pasajero que me pagó el autobús y las pequeñas conversaciones con otros viajeros. Entre tanto caos, hubo gente que me echó una mano sin esperar nada a cambio.
Al final no hice la vía ferrata, no grabé el vídeo caminando por el parque de Avatar y terminé el viaje hacia el aeropuerto con una avería incluida. Pero vi paisajes espectaculares, grabé el vídeo principal y me llevé un montón de historias. Si algo aprendí en Zhangjiajie es que, a veces, viajar no consiste en cumplir el itinerario perfecto: consiste en improvisar, intentar no vomitar en un autobús y llegar al aeropuerto a tiempo. Y, si además alguien te invita a unos snacks por el camino, pues mejor que mejor.
También en este viaje
Más de mi viaje por China
Búnker 816: fui a visitar una instalación nuclear secreta en China y acabé hasta las narices de un taxista
Una instalación nuclear secreta excavada en una montaña, un autobús que salió diez minutos antes de que llegara y un…
24 Oct 2026
Fenghuang: lluvia, calles preciosas y unas Crocs de tres euros
Solo pasé una noche y poco más de un día en Fenghuang, pero me dio tiempo a enamorarme de sus…
24 Oct 2026
Xi’an: los guerreros de terracota y cuatro horas para llegar a ellos
Lluvia torrencial, un hotel escondido, fideos gigantes y una odisea de transporte que casi me deja sin ver a los…
24 Oct 2026
Vídeos relacionados
Vídeo principal sobre las montañas de Avatar y la historia del parque
La siguiente parada: Shanghái.