Taiwán: un día en Taipéi, tofu apestoso y una cama con goteras
El retraso del vuelo me dejó un solo día para recorrer Taipéi, grabar tres vídeos y probar algunas de las comidas más raras del viaje.
La bienvenida de Taiwán: una cama seca y otra inundada
Después de la odisea de Shanghái, por fin llegué a Taipéi, el país número 62 que visito. Entre el retraso del vuelo y todo lo que había que hacer al aterrizar, cuando salí del aeropuerto ya rondaba la medianoche. Recogí la maleta, pasé el control de pasaportes y fui a buscar el autobús que había localizado con Google Maps.
Volver a usar Google Maps después de tantos días peleándome con Amap fue una maravilla. La ruta me dejaba en una estación de autobuses a apenas dos minutos andando del hotel, así que compré el billete directamente al conductor y me subí.
El autobús tenía dos pisos, pero la parte de abajo era un espacio abierto donde los pasajeros dejaban las maletas. No había compartimentos que las sujetaran, así que desde mi asiento, justo enfrente de las escaleras, veía cómo el equipaje se desplazaba de un lado a otro con cada movimiento. Después de tantos días de viaje y con todas las cosas que llevaba, no podía dejar de pensar: como se me rompa algo ahora, me da algo. Por suerte, llegó todo bien.
Debían de ser las dos de la mañana cuando llegué al hotel. Por fuera parecía moderno, pero por dentro era como entrar en una cápsula del tiempo de los años setenta. En la habitación había dos camas y elegí la que tenía un enchufe a mano. Me tumbé y, al poco, empecé a escuchar un plonk, plonk, plonk.
Encendí la luz y descubrí que había una gotera cayendo directamente sobre la otra cama, que estaba completamente empapada. Menos mal que me había tumbado en la que tenía el enchufe. El problema era que el ruido del agua no me dejaba dormir, así que cogí una toalla del baño y la coloqué justo donde caía para amortiguar el sonido. Contra todo pronóstico, funcionó. Primera noche en Taiwán: superada, más o menos.
Un día para recuperar el tiempo perdido
Mi idea era pasar alrededor de día y medio en Taipéi. Quería recorrer la ciudad, grabar un vídeo probando comida rara, hacer otro sobre la historia de Taiwán y sacar contenido para el canal secundario. Pero el retraso del vuelo me había fastidiado el plan inicial: lo que pensaba repartir entre el día de llegada y el siguiente tenía que meterlo prácticamente todo en una sola jornada.
Me levanté, desayuné en un 7-Eleven y me dirigí al templo Longshan, situado en una zona tradicional de mercados y calles comerciales. De camino pasé por Ximending, un barrio de tiendas, restaurantes y calles peatonales que me recordó bastante a algunas zonas de Japón y Corea. Y justo cuando estaba pensando en ese parecido, me encontré con un Don Quijote, el famoso establecimiento japonés conocido como Donki. Por supuesto, entré a dar una vuelta y a escuchar su famosa melodía: «¡Don, don, don, Donkiii!». No todos los días te encuentras una tienda japonesa tan característica en mitad de Taipéi. Después seguí hacia el templo Longshan, en una zona tradicional de mercados y calles comerciales.
Visité Longshan, que me pareció más bien pequeño, y grabé allí el comienzo del vídeo sobre la historia de Taiwán. Después me dirigí al Memorial de Chiang Kai-shek, una zona monumental que me gustó bastante. Grabé otra parte del vídeo y continué hacia el área de Taipei 101, aprovechando el trayecto para grabar contenido para el canal secundario.
Una vez terminado ese vídeo, di otra vuelta por la zona y acabé de grabar el principal. Dos tareas menos. Comí algo rápido en un McDonald’s y regresé al hotel para descansar: estaba cansado y todavía me quedaba el vídeo gastronómico, que era precisamente el que había tenido que posponer.
Me eché una siesta, me duché y volví a salir por la noche. Tocaba buscar comida y descubrir si mi curiosidad gastronómica tenía algún límite.
El tofu apestoso que sí hacía honor a su nombre
Por fin probé el famoso stinky tofu, el tofu apestoso. Durante el viaje ya había probado uno en Pekín, pero sospechaba que no era el auténtico: aquel no olía prácticamente a nada. El de Taipéi tampoco me golpeó con un olor tan fuerte como esperaba al principio, pero el sabor compensó con creces la falta de aviso.
Estaba horrible. Le di dos bocados y lo tiré. No necesitaba más pruebas ni una segunda opinión. Hay platos que uno prueba por curiosidad y que se quedan en la memoria para siempre, aunque no precisamente por las ganas de volver a comerlos.
También probé un zumo de una fruta que me presentaron como melón amargo. Lo curioso es que a mí no me supo amargo, así que no sé si era la preparación o si simplemente mi paladar no se enteró de lo que se suponía que tenía que notar.
En Ximending probé además una fruta que me recordó a un híbrido entre manzana y pera. Esa sí me llamó la atención por otro motivo: me pareció la fruta más cara que había probado en mi vida. El precio exacto queda pendiente de añadir cuando lo recupere, porque esa cifra merece aparecer en el artículo.
La serpiente se quedó en el menú imaginario
Después me dirigí a la zona más tradicional, cerca de Longshan, donde quería probar unos chupitos preparados con distintas partes de la serpiente, como sangre y bilis. Para el vídeo habría sido una experiencia llamativa, pero en el último momento decidí no hacerlo. El sitio no me inspiró demasiada confianza en cuanto a la higiene y tampoco estoy tan loco como para probar cualquier cosa solo por tener una anécdota que contar.
En su lugar, me animé con la lengua de pato. Mucho mejor, pensé. Pues no. Me pareció como comer un aliento: había poquísima carne y no le encontré la gracia. Igual es una delicatessen para quien está acostumbrado, pero a mí no me convenció en absoluto.
Por suerte, no todo fue un fracaso. También probé una especie de morcilla que estaba muy buena. Después del tofu y de la lengua de pato, agradecí encontrar algo que sí me apetecía terminar.
Con eso di por concluida la ruta gastronómica. Había grabado el vídeo, probado cosas nuevas y confirmado que mi curiosidad tiene límites. Algunos platos no necesitan una segunda oportunidad, y el tofu apestoso ya había gastado la suya.
Una visita fugaz con ganas de volver
Al volver al hotel estaba reventado. Había intentado meter en una sola jornada visitas, grabaciones y comida, después de llegar tarde la noche anterior y dormir con el acompañamiento musical de una gotera. Al día siguiente me marchaba a Hong Kong, así que ya no tenía tiempo para mucho más.
Me habría gustado disponer del día y medio que había planeado para conocer Taipéi con más calma, pero el tifón Delfín y los retrasos me obligaron a reorganizarlo todo. Aun así, pude visitar Longshan, el Memorial de Chiang Kai-shek y la zona de Taipei 101, grabar mis vídeos y probar una buena colección de platos, algunos bastante más memorables que apetecibles.
Me fui con la sensación de haber visto solo una pequeña parte de Taiwán. La visita había sido breve e intensa, pero me dejó con ganas de volver y descubrir el país con más tiempo. Al menos, la próxima vez espero que no me reciba una cama con goteras.
Taiwán, el país número 62 que visito: un día en Taipéi, tofu apestoso y una cama con goteras. Volveré, pero al tofu igual no.
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