Asia / China

Pekín: tres días entre comida rara, monumentos y cagadas

octubre 24, 2026 – 22 min de lectura

Pekín era una de las grandes paradas de mi viaje por China. Una ciudad enorme, cargada de historia, con algunos de los monumentos más famosos del país y una gastronomía que tenía muchísimas ganas de descubrir. Llegaba con los deberes hechos: aplicaciones instaladas, mapas preparados, traductor configurado y Alipay listo para pagar. ¿Qué podía salir mal?

Pues, básicamente, casi todo lo que podía salir mal durante los primeros días. Desde tardar una eternidad en encontrar el punto de recogida de un taxi hasta quedarme sin visitar algunos sitios por no organizar bien los horarios. Eso sí, entre una cagada y otra también hubo momentos que hicieron que Pekín se convirtiera en una experiencia muy especial.

Día 1: llegar a China y empezar con mal pie

Aterricé en Pekín sobre las seis de la tarde. Entre pasar inmigración, recoger la maleta y salir del aeropuerto, calcula que serían las siete. Era mi primer contacto con China y, aunque llevaba todo bastante preparado, no tardé mucho en darme cuenta de que una cosa es tener las aplicaciones instaladas y otra muy distinta saber apañarse allí.

La primera sorpresa llegó cuando vi que el hotel estaba bastante más lejos de lo que pensaba. Yo creía que me había alojado relativamente cerca del centro, pero ni de coña. En transporte público podía tardar entre dos y tres horas, así que decidí pedir un coche por DiDi usando Alipay.

Hasta ahí, todo bien. El lío empezó cuando salí del aeropuerto.

Yo veía coches fuera y pensaba que el conductor vendría a recogerme allí mismo. Pero el taxista me decía que tenía que ir a una zona concreta de recogida, en una planta subterránea. Y ahí empezó mi primera aventura china.

Intenté preguntar a la gente, pero no había manera de aclararme. Pregunté incluso a los policías que había por allí y tampoco conseguían ayudarme. Entre el idioma, las indicaciones y que yo no encontraba el dichoso punto de recogida, aquello se estaba convirtiendo en una pequeña odisea.

Al final, volví a entrar en el aeropuerto y, de casualidad, encontré una señal que indicaba dónde estaban los taxis. No sé si tardé media hora o casi una hora en llegar, pero la sensación era que llevaba una vida entera dando vueltas por el aeropuerto sin avanzar ni un metro.

Y todavía me quedaba el trayecto hasta el hotel.

Una vez localizado el conductor, tuve algo más de una hora de coche. Así que, entre unas cosas y otras, llegué al hotel sobre las nueve de la noche, quizá un poco más tarde.

Para entonces, entre el viaje, el aeropuerto y el taxi, ya no tenía mucho sentido intentar visitar nada. Miré cuánto tardaría en llegar al centro en transporte público y la respuesta no era precisamente esperanzadora: alrededor de una hora y con transbordo.

Decidí que lo mejor era dar una vuelta por los alrededores, buscar algo para cenar y descansar. En un centro comercial cercano encontré un 7-Eleven, uno de mis sitios favoritos cuando viajo por Asia. Me encanta ese concepto de tienda de conveniencia en la que puedes entrar a cualquier hora, pillar algo rápido y seguir con tu vida.

Cogí algo de comer y me volví a la habitación. En el avión apenas había dormido. Soy de esas personas que envidian muchísimo a quienes se sientan en su asiento, cierran los ojos y desaparecen durante todo el vuelo. Yo no. En cuanto empieza a caérseme la cabeza, me despierto, así que suelo llegar a los destinos con un sueño importante.

Aquella primera noche no hice turismo, no vi ningún monumento y tampoco tuve una gran aventura gastronómica. Mi primera experiencia en Pekín consistió en perderme buscando un taxi, descubrir que el hotel estaba lejísimos y acabar cenando algo rápido antes de meterme en la cama.

Un comienzo prometedor, como podéis imaginar.

Día 2: primeros monumentos y primeras comidas curiosas

Después de descansar bien, tocaba empezar a descubrir Pekín de verdad. Me levanté relativamente pronto y fui al 7-Eleven del centro comercial para desayunar un sándwich de huevo y un café. Tenía la parada de metro justo al lado, así que desayuné y me puse en marcha.

Y entonces apareció otro de esos detalles que acabarían siendo una constante durante el viaje: los controles de seguridad del metro.

En China, al menos en las redes de metro por las que me moví, tenía que pasar la mochila por un escáner prácticamente cada vez que entraba. La primera vez me llamó la atención; después, cuando llevas todo el día entrando y saliendo del metro, empieza a hacerse un poco pesado. Mochila fuera, mochila dentro; si llueve, quítate también la chaqueta; espera a que revisen tus cosas y tira.

No es que sea el fin del mundo, pero cuando vas con prisa, grabando vídeos y recorriendo una ciudad enorme, acabas acordándote de esos controles más de una vez.

Shichahai y el primer contacto con la ciudad histórica

Mi primera parada fue la zona de Shichahai, un conjunto de lagos y barrios históricos que permite descubrir una cara de Pekín bastante diferente a la de sus grandes avenidas y edificios monumentales. La zona incluye los lagos Qianhai, Houhai y Xihai, rodeados de callejuelas tradicionales, edificios históricos y zonas de ocio.

Me di una vuelta por allí y fui viendo el ambiente de la zona, con sus puestos y sitios donde comer. Tenía un objetivo bastante claro para ese día: grabar un vídeo probando comida china curiosa, de esa que muchas veces no nos resulta demasiado familiar en España.

A la hora de comer empecé con los fideos con tripa de vaca. Después probé un bocadillo de carne de burro que, sinceramente, me sorprendió para bien. Estaba muy bueno, y fue uno de esos platos que te recuerdan que merece la pena probar cosas nuevas cuando viajas.

Mi idea era seguir grabando el vídeo durante todo el día, aunque al final tuve que repartirlo entre dos jornadas porque me confundí de zona y no encontré todo lo que buscaba.

El Templo de los Lamas, una batería y más comida curiosa

Después seguí recorriendo Pekín a pie hasta llegar al Templo de los Lamas, uno de los templos budistas tibetanos más conocidos de la ciudad. Me llamó la atención su arquitectura y, sobre todo, la enorme figura de Buda que hay en su interior.

Al salir del templo me di cuenta de que necesitaba una batería para seguir grabando. La cámara y el móvil empezaban a quedarse sin carga, así que me puse a buscar una tienda de Xiaomi para comprar una batería externa.

Y ahí volvió a aparecer otra de las constantes del viaje: la gente intentando ayudarte aunque no te entienda ni papa.

El primer hombre al que pregunté también se asustó un poco cuando me acerqué para enseñarle lo que buscaba. Pero, en cuanto entendió que necesitaba encontrar una tienda, intentó echarme una mano. No hablábamos el mismo idioma, pero entre gestos, el traductor y señalando el móvil conseguimos entendernos y me indicó cómo llegar.

Al final encontré la tienda de Xiaomi, compré la batería y pude seguir con el día. Puede parecer una anécdota pequeña, pero para mí resumió bastante bien una sensación que tuve durante todo el viaje: en China mucha gente se mostraba muy amable y trataba de ayudarte aunque no pudiera comunicarse contigo. A veces la conversación consistía únicamente en gestos, pantallas de móvil y traducciones bastante reguleras, pero casi siempre había alguien dispuesto a echarte un cable.

Después seguí con el vídeo de comida y probé algunas especialidades que tenía pendientes. Cogí huevos centenarios, patas de pollo y cuello de pato. Eran justo el tipo de alimentos que quería probar durante el viaje: cosas que no suelo comer en España y que me permitían descubrir una parte más curiosa de la gastronomía local.

No todo me gustó por igual, pero esa era la gracia del vídeo. La idea era probarlo todo y contar la experiencia tal cual, sin hacer como que algo me encantaba si en realidad no me convencía demasiado.

Una señora asustada

En un momento dado me sobró parte de la comida y pensé que podía dársela a alguien. Vi a una señora por la calle y me acerqué para ofrecérsela, pero casi sale corriendo, completamente asustada. Supongo que no entendía qué quería hacer ni por qué un extranjero se acercaba a ella con una bolsa de comida. La situación fue bastante surrealista, aunque también comprensible teniendo en cuenta la barrera del idioma y que, desde su punto de vista, probablemente aparecí de la nada.

Una cerveza inesperada

Después de la visita y de seguir con las pruebas de comida, llegué a una zona comercial con restaurantes. Allí me encontré por casualidad con algo que me llamó muchísimo la atención: un dispensador de bebidas enorme, con diferentes cervezas, tés y cafés.

Como hacía calor y nunca le hago ascos a una cerveza, decidí probarlo. Pagabas con Alipay, te servías tú mismo y listo. Grabé el proceso para el vídeo porque me pareció una de esas pequeñas curiosidades que te encuentras por la calle cuando viajas y que no tenías previstas.

Y es que, muchas veces, los detalles que más recuerdas de un viaje no son necesariamente los grandes monumentos, sino esas pequeñas cosas que aparecen cuando menos te lo esperas.

Buscando un mercado que ya no estaba

Mi siguiente objetivo era encontrar un mercado donde había visto que se podían probar alimentos bastante más extraños, incluidos insectos y otras especialidades curiosas. Lo llevaba apuntado y había mirado previamente la ubicación, pero cuando llegué a la zona descubrí que aquello no era lo que buscaba.

Las indicaciones me llevaron hacia un callejón y estuve dando vueltas intentando encontrar el mercado. Sin embargo, la zona que tenía en mente ya no estaba como esperaba o había cerrado. Otro plan que se iba al garete.

Mientras hablaba con mi madre por WhatsApp, me envió un vídeo de otro mercado, que me parecía que era el de Qianmen. Lo busqué en AMAP y descubrí que estaba a unos cincuenta minutos. Para entonces ya eran las ocho o las nueve de la noche, así que no me compensaba cruzarme la ciudad para llegar a un sitio que seguramente estaría cerrando.

Decidí buscar una alternativa para cenar. Entré primero en un restaurante porque quería probar un plato de fideos que llevaba tiempo buscando, pero me dijeron que ya no servían comida. Otro intento fallido.

Por suerte, justo debajo había una zona pequeña con puestos de comida. Allí pude comprar una especie de taco o bocadillo de pato pekinés y, por fin, encontré también el plato de fideos que quería probar.

Y fue precisamente allí donde ocurrió una de las mejores anécdotas de todo el viaje.

«Welcome to China»: el encuentro con tres chavales

Estaba sentado en una barra comiendo tranquilamente cuando, al cabo de un par de minutos, se sentaron a mi lado tres chavales chinos. Por su aspecto, tendrían entre diecisiete y veinte años, más o menos.

Yo estaba a lo mío cuando uno de ellos, el que estaba sentado justo a mi lado, me tocó para enseñarme su teléfono móvil. Habían escrito un mensaje y lo habían traducido al inglés:

Welcome to China.

Me hizo muchísima gracia el detalle. Les di las gracias y empezamos a hablar como pudimos. Querían saber de dónde era, les dije que de España y enseguida salió el tema del Mundial.

Me dio la sensación de que les hacía una ilusión tremenda encontrarse con un extranjero. Tenían mucha curiosidad y me preguntaban cosas. Uno de ellos me contó que era de una zona de China junto a Mongolia, aunque no recuerdo con seguridad si se refería a Mongolia Interior.

En un momento dado me preguntaron si tenía euros. Querían cambiarme yuanes por alguna moneda europea para guardarla como recuerdo. El problema era que yo solo llevaba un billete de diez euros y, claro, para ellos era demasiado dinero si lo único que querían era una moneda.

Entonces miré la cartera y vi que tenía unas cuantas monedas pequeñas. Como los chavales me habían caído bien y estaban tan ilusionados con la conversación, decidí regalarles una moneda de veinte céntimos a cada uno.

Si no recuerdo mal, una era española, otra alemana y otra portuguesa.

Aquello les encantó. Los tres estaban emocionadísimos, preguntándome de qué país era cada moneda y dónde estaban España, Alemania o Portugal. Yo les explicaba lo que podía y ellos miraban las monedas como si les acabara de regalar algo increíble.

Al final me pidieron que nos hiciéramos unas fotos juntos y, por supuesto, accedí.

Puede parecer una tontería, pero fue un momento que recuerdo con muchísimo cariño. Después de pasar buena parte del día frustrado porque algunas cosas no estaban saliendo como había planeado, acabé compartiendo un rato muy bonito con tres desconocidos que simplemente querían darme la bienvenida a su país.

No sé si aquellos chavales habían visto pocos extranjeros o si simplemente eran así de curiosos, pero la ilusión que mostraron me sorprendió muchísimo.

Y esta es una de esas historias que me habría encantado contar con más detalle en el vídeo, porque demuestra que viajar no consiste solamente en visitar lugares: también consiste en encontrarte con personas que, durante unos minutos, hacen que te sientas bienvenido.

La carrera para coger el último metro

Eso sí, no todo podía acabar tan bonito.

Entre la conversación, las preguntas y las fotos, se me hizo bastante tarde. Cuando miré la hora, eran casi las diez de la noche y todavía tenía que volver al hotel.

Cogí el metro y llegué hasta la estación donde tenía que hacer transbordo. El problema fue que el tren que necesitaba estaba a punto de salir. Así que eché a correr.

Una trabajadora que estaba comprobando que no quedara nadie en la estación se dio cuenta de la situación. El metro ya empezaba a arrancar, pero lo pararon y pude subir.

Era el último tren que necesitaba para volver al hotel. Si lo hubiera perdido, me habría tocado pedir otro DiDi y volver a pasar por caja.

Al final llegué a la habitación entre las once y las doce de la noche, después de otro día entero recorriendo Pekín.

Una jornada que había empezado con fideos y carne de burro terminó con una de las experiencias humanas más bonitas del viaje y una carrera para no quedarme tirado en el metro.

No estuvo nada mal para un primer día completo en China.

Día 3: la Ciudad Prohibida, Tiananmén y más errores de planificación

Al día siguiente tenía uno de los grandes objetivos del viaje: visitar la Ciudad Prohibida y grabar un vídeo sobre los eunucos, aquellas figuras históricas que llegaron a tener una enorme influencia en la corte imperial china, en ocasiones moviendo hilos en las decisiones de poder.

Era una historia que me interesaba muchísimo y quería aprovechar la visita al antiguo palacio imperial para grabar el contenido allí mismo.

La Ciudad Prohibida y el vídeo de los eunucos

Había comprado la entrada con antelación —recuerdo que me costó alrededor de trece euros—, así que esta vez, por lo menos, esa parte estaba controlada.

Para visitar el recinto había encontrado una opción de visita guiada. Empecé con el guía, pero al poco rato le expliqué que prefería seguir por mi cuenta porque tenía prisa. En realidad, lo que quería era grabar a mi ritmo, sin depender de los tiempos de una visita en grupo.

El guía lo entendió perfectamente y no hubo ningún problema. A partir de ahí pude recorrer la Ciudad Prohibida por mi cuenta y grabar el material que necesitaba.

La visita me gustó mucho. El recinto es enorme, hay muchísima gente y se entiende perfectamente por qué fue durante siglos uno de los centros fundamentales del poder imperial chino. Sus patios, puertas, edificios y grandes espacios permiten hacerse una idea de la escala de aquel complejo.

Estuve toda la mañana recorriéndolo y grabando. Quería aprovechar la visita para explicar la historia de los eunucos y cómo algunos llegaron a acumular una influencia considerable dentro de la corte.

Aquí encajará el vídeo de YouTube sobre los eunucos, porque es una historia que complementa muy bien la visita y permite profundizar en algo que no siempre se cuenta cuando se habla de la Ciudad Prohibida.

Plaza de Tiananmén: otra sorpresa

Cuando terminé de grabar dentro de la Ciudad Prohibida, todavía me quedaba una cosa: quería grabar la introducción del vídeo en la entrada principal.

Yo había entrado por un lateral, pero quería llegar a la entrada más conocida. El problema fue que, cuando intenté hacerlo, unos guardas me indicaron que no podía acceder por allí y que tenía que dar la vuelta.

Resulta que esa entrada estaba relacionada con la zona de la Plaza de Tiananmén, cuyo acceso requería una reserva previa. Yo, por supuesto, no tenía ni idea.

Así que me tocó buscar una solución rápida desde el móvil. Encontré un servicio que gestionaba la reserva y pagué alrededor de tres euros por la gestión. A los cinco minutos tenía el justificante y pude acceder a la plaza.

Conviene aclarar que ese dinero no era el precio de la entrada en sí, sino lo que pagué por la gestión de la reserva. La Plaza de Tiananmén tiene un sistema de acceso con reserva previa, y es importante comprobar los requisitos antes de ir.

Eso sí, el control de seguridad fue de los más bestias que he vivido nunca. Me revisaron absolutamente todo: la mochila, cada uno de sus bolsillos, la cartera, los bolsillos del pantalón, las monedas y las tarjetas. Prácticamente me vaciaron todas las pertenencias para comprobarlas.

Una vez dentro, pude ver la plaza y grabar la introducción que necesitaba para el vídeo de los eunucos.

Allí también me pasó otra cosa curiosa: una chica se acercó para pedirme una foto y volvió a aparecer el famoso «Welcome to China». Parece que aquella frase iba a acompañarme durante todo el viaje.

Intento fallido de visitar el mausoleo de Mao

Como ya estaba en la plaza, pensé que podía aprovechar para visitar el mausoleo de Mao Zedong, donde se conserva su cuerpo embalsamado.

Fui a intentar conseguir una entrada, pero me encontré con que no podía entrar sin una reserva previa. Según me indicaron, había que reservar con bastante antelación, así que me quedé sin visitar el mausoleo.

Otra cosa que podría haber mirado antes de salir del hotel.

No me quedaba otra que continuar con el resto de la ruta.

El Templo del Cielo: llegar tarde otra vez

Desde allí me fui andando hacia el Templo del Cielo, otro de los grandes monumentos de Pekín que quería visitar.

Y sí, habéis adivinado lo que pasó.

Llegué tarde para entrar en el recinto monumental. Pude acceder al parque, pero no visitar el templo como tenía previsto.

A esas alturas ya empezaba a parecer una tradición. Entre los lugares que no encontraba, las entradas que necesitaban reserva y los horarios que no había calculado bien, estaba acumulando una colección bastante maja de pequeños fracasos turísticos.

Eso sí, el parque me permitió aprovechar el tiempo de otra manera. Como era un sitio agradable para pasear y tenía que grabar también un vídeo caminando por Pekín, decidí sacar la cámara y empezar a grabar durante el recorrido.

Así que, aunque no conseguí visitar el templo por dentro, al menos pude aprovechar el entorno y sacar contenido para el canal.

Qianmen: por fin, el mercado de comida

Después del paseo por el parque, me dirigí a Qianmen para completar el vídeo gastronómico que había empezado el día anterior.

Esta vez sí llegué al sitio que buscaba. La zona de Qianmen es una de las áreas comerciales históricas de Pekín, con numerosas tiendas, restaurantes y puestos donde probar especialidades locales.

El mercado me gustó mucho. Había bastante ambiente, una variedad enorme de comida y un montón de platos que me apetecía probar.

Uno de mis objetivos era probar el famoso tofu apestoso. Había oído hablar de él y tenía curiosidad por comprobar si el olor era tan terrible como decían. Sin embargo, el que me dieron no olía especialmente mal. Menos mal, porque el sabor me gustó bastante.

También probé calamar en brocheta y, por último, me enfrenté al douzhi, una bebida tradicional de Pekín elaborada mediante la fermentación de judías mungo. Es conocida por su sabor ácido y bastante particular.

Y aquí sí que puedo decir que la experiencia no fue precisamente agradable.

Probé el douzhi en formato líquido y también en forma de helado. La reacción que tuve al probarlo quedó grabada en el vídeo y prácticamente acabé con ganas de vomitar. No sé si es una cuestión de costumbre o de gustos personales, pero a mí no me convenció absolutamente nada.

Por lo menos, ya puedo decir que lo probé.

Y de eso iba el vídeo: probar cosas que normalmente no comería y contar la experiencia con sinceridad. Si algo me gusta, lo digo; si algo me parece horrible, también.

Cuando terminé de grabar, se me había vuelto a hacer tarde. Al día siguiente tenía previsto visitar la Gran Muralla China, así que decidí regresar al hotel y descansar.

Con eso daba por terminada mi visita a Pekín.

¿Merece la pena visitar Pekín?

Mi experiencia en Pekín fue una mezcla de monumentos impresionantes, comida curiosa, paseos interminables y errores de planificación. No todo salió como esperaba, pero precisamente por eso creo que fue una buena primera toma de contacto con China.

La Ciudad Prohibida me permitió acercarme a una parte fundamental de la historia del país. Tiananmén me dio la oportunidad de conocer uno de los espacios más conocidos de la capital, aunque me quedé sin visitar el mausoleo de Mao. El Templo de los Lamas y Shichahai me enseñaron otra cara de la ciudad, y Qianmen fue el sitio perfecto para seguir explorando su gastronomía.

Pero, si tuviera que quedarme con un momento especialmente memorable, probablemente sería el encuentro con aquellos tres chavales que me dieron la bienvenida a China y que se llevaron unas monedas de veinte céntimos como recuerdo.

Porque al final, por mucho que planifiques un viaje, hay cosas que no puedes organizar. No puedes reservar un encuentro espontáneo, ni saber cuándo alguien va a acercarse para hablar contigo, ni prever que un pequeño gesto va a convertirse en uno de los recuerdos que más cariño te llevas de una ciudad.

Eso sí, también aprendí varias cosas: conviene mirar bien dónde está el hotel antes de reservarlo, comprobar los horarios de los monumentos, confirmar qué visitas necesitan reserva y no confiarse demasiado con el último metro.

Sobre todo, no hay que pensar que llevar todas las aplicaciones preparadas significa que todo va a salir bien.

En China, como en cualquier viaje, siempre queda margen para una buena cagada.

Y todavía me quedaba por visitar la Gran Muralla.


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